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Liliana Blanco y Gustavo Montero: el arte de construir una vida a dos voces

Elio Tulio Ríos / @Elyeyox · 22 sep 2026

Liliana Blanco y Gustavo Montero: el arte de construir una vida a dos voces

La directora del Centro de Bellas Artes y el reconocido arquitecto nos abren las puertas de su hogar para celebrar sus Bodas de Rubí, demostrando que su mayor obra maestra no cuelga en una galería, sino que reside en la familia.

Dicen que Maracaibo tiene la particularidad de apropiarse de quienes la aman, y con Liliana Blanco y Gustavo Montero, la ciudad hizo exactamente eso.

El encuentro transcurre en la intimidad de su hogar, envuelto en el aroma inconfundible de un café preparado en prensa francesa por el propio Gustavo y servido sin azúcar, justo como Liliana lo prefiere. La atmósfera de la sala respira cultura; es el reflejo exacto de la impecable visión de un arquitecto y el alma protectora de una gestora. 

El espacio, decorado meticulosamente con cuadros y esculturas de talentos nacionales, es una simbiosis perfecta entre la arquitectura y las artes plásticas que convierte este apartamento en un cálido refugio. Es el telón de fondo ideal para apagar momentáneamente los reflectores del Centro de Bellas Artes Ateneo de Maracaibo (CBA) y descubrir a la pareja detrás de la institución.

Orígenes entrelazados: el arte

El camino de ambos comenzó a forjarse con matices distintos, pero movidos por una sensibilidad afín. Liliana, la cuarta de cinco hermanos, nació en el campamento petrolero de Bachaquero. «Un olor que me recuerda a mi infancia es el del petróleo de Lagunillas, mezclado con el aroma de las tortas que horneaba mi mamá», relata con nostalgia. La temprana pérdida de su padre, Umberto Blanco, en un accidente de tránsito en 1969, forjó en su familia un sentido de resiliencia implacable, liderado por una madre viuda que a pulso levantó a cinco profesionales.

Esa disciplina y empuje la llevaron a estudiar Comunicación Social en la Universidad del Zulia. Pero su verdadera escuela estuvo en la calle. En los vibrantes años 80, Liliana se abrió paso como reportera gráfica, un terreno mayormente dominado por hombres. Con una pesada cámara Nikon y un trípode a cuestas, enfrentó el ritmo vertiginoso de los tabloides y del diario Crítica, compartiendo pautas con pioneras como Rosa María Atencio y Tere Montiel. «Si quieren ser buenos traten de pasar por un periódico; de vivir esa experiencia de cubrir una noticia. Allí se aprende todo», aconseja a las nuevas generaciones, con la propiedad de quien domina la magia del fotoperiodismo.

Por su parte, Gustavo traía la herencia cultural latiendo en las venas. Sobrino del icónico personaje marabino «Coco Moco» (Juan Francisco Montero), su juventud estuvo inmersa entre planos de arquitectura y su rol activo como escenógrafo de la Sociedad Dramática de Maracaibo. El arte, desde distintos frentes, ya estaba preparando el escenario para que ambos se encontraran.

40 años de complicidad

Fue en los pasillos universitarios, en 1981, donde esas dos historias finalmente convergieron. Este 11 de agosto, la pareja celebra sus Bodas de Rubí (40 años de matrimonio), un hito que superó las pruebas del tiempo y la distancia —como aquellos primeros años en los que Liliana trabajaba en las refinerías de Cardón y los encuentros se limitaban a los fines de semana—. 

De esta unión nacieron sus tres grandes orgullos, Gustavo Andrés, Verónica Cristina e Isabel Virginia, quienes hoy los llenan de ilusión ante la llegada de su sexto nieto, pautado para nacer en Canadá el próximo mes de noviembre.

Al frente de una labor tan demandante y absorbente como la dirección del CBA desde 2017, la dinámica familiar de cualquier persona podría verse comprometida, pero para los Montero Blanco ha sido todo lo contrario. La gestión cultural se convirtió en el punto de encuentro de sus talentos.

Al preguntarle a Gustavo qué es lo que más admira de su esposa al verla liderar este titánico proyecto, su respuesta dibuja el respeto profundo que se profesan: «Su paciencia, su asertividad para manejar situaciones difíciles y salir airosa, y esa entrega absoluta de llevar su responsabilidad hasta el final».

Para la pareja, el teatro no representa una carga laboral; es, genuinamente, una extensión de su sala de estar. Toda su vida la manejan bajo una premisa clara que ambos comparten como gran filosofía: la practicidad. Es esa misma practicidad la que los lleva a no complicarse la existencia y a buscar desconexión en las cosas simples de la vida, anclándose siempre en la fuerza espiritual que han cultivado en su comunidad de Emaús.

El relevo de una pasión

Aunque Liliana confiesa que Venecia y Buenos Aires son los lugares en el mundo a los que siempre desearía volver —con Gustavo asintiendo y admitiendo que incluso vivirían felices en la capital porteña—, ambos saben que su presente, su inagotable energía y su legado le pertenecen irremediablemente a Maracaibo.

La prensa francesa se vacía y la conversación llega a su pausa natural. Desde la calidez de su apartamento, rodeada de las vivencias y memorias construidas junto a su esposo, Liliana proyecta el futuro de la institución. Aunque hoy derrocha vitalidad y no tiene entre sus planes ningún retiro cercano, su sentido de pertenencia por el Bellas Artes la hace reflexionar sobre la preservación del teatro a largo plazo.

Al plantearle el escenario puramente hipotético de quién podría tomar la batuta el día que decida descansar, sonríe con la serenidad de quien sabe que la casa quedará en buenas manos. Sin necesidad de oficializar nombres al aire, su mirada y sus palabras dibujan un perfil inconfundible: le encantaría que la dirección recayera en una persona muy querida de la ciudad, también periodista, que lleva la movida cultural en las venas y que siente el Bellas Artes tan suyo como la propia Liliana. Un relevo sutil, natural y perfecto que, cuando llegue el momento oportuno, garantizaría que el pulso humano de uno de los recintos más importantes de nuestra ciudad siga latiendo con la misma fuerza.

Publicado en la revista impresa EntreSocios (Edición 180)

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