Alberto Rodríguez: un abogado terco y filántropo

Sumario: Es reconocido por ser uno de los primeros marabinos en especializarse en Derecho Laboral. Maneja una importante cartera de clientes, luego de más de tres décadas de experiencia. Los jesuitas del colegio Gonzaga le inculcaron que lo más importante es compartir. “Cualquier otra cosa puede no ser pecado, pero no compartir es pecado. Si Dios te da es para compartir, y cuando te pide es porque ya te dio”, sentencia.
Texto: Jairo Márquez Lugo
Fotografías: Manuel Cruz
“Abogado, marabino, zuliano, venezolano. En ese orden”. Eso es lo que reza el perfil en Twitter de Alberto Enrique Rodríguez, uno de los primeros nativos de nuestra región en cultivar las artes del Derecho Laboral.
Nació el 23 de noviembre de 1952, y a sus 58 años no tiene dudas en afirmar que sus signos, tanto en el zodíaco tradicional como el chino, hablan mucho de quién es.
“Soy Sagitario y Dragón”, dice, “lo cual explica por qué soy terco y perseverante. Nunca me rindo, nunca. Lo de terco tiene mucho que ver con el hecho de haber estudiado con los jesuitas, cuando el colegio Gonzaga quedaba en El Milagro. Ellos también me inculcaron que lo más importante es compartir, algo que asumí como filosofía de vida. Cualquier otra cosa puede no ser pecado, pero no compartir es pecado. Si Dios te da es para compartir, y cuando te pide es porque ya te dio”.
Tales valores le ayudaron a iniciarse en un camino donde la determinación propia jugó un papel fundamental desde la infancia.
Abogado por suerte
Alberto carece de miedo escénico y sostiene diálogos directos, sin tapujos, pero al tocar el tema de su niñez prefiere ser discreto.
Sólo algunos datos: su papá murió antes que él naciera y su mamá pasaba muy poco tiempo en su casa. Lo crió su hermano mayor, Silvestre Ocando, quien murió hace 15 años. La familia paterna se encargaba de cubrir sus gastos.
“Desde los siete años de edad aprendí a desenvolverme solo. Ya a los 12 tenía llaves de mi casa. Fui buen estudiante, a pesar de que mi mamá nunca me preguntó si estudiaba o no. En definitiva, tuve que escoger entre servir o no servir. Y tuve la suerte de elegir echar pa’ lante. Por eso no creo en la teoría de que la gente no avanza por falta de oportunidades. Las oportunidades te las haces tú mismo”, sentencia con convicción.
Estudió desde primaria hasta tercer año de bachillerato en el Colegio Alemán del Zulia. En el Gonzaga sólo estuvo en cuarto y quinto año. Considera a este último el período más importante de su formación como persona.
A pesar del buen camino escogido, Alberto no tenía la menor idea sobre qué carrera escoger en la universidad. Probó suerte con la Odontología y Estudios Internacionales, pero no continuó. Su hermano mayor lo encauzó retándolo a estudiar Derecho.
“Comencé en la facultad sólo por asumir el desafío, y fue una de las mejores cosas que ha podido pasarme. Eximí como el 40 por ciento de las materias. Fui de los primeros en LUZ en graduarme en menos de cinco años, en la promoción de 1977. Tenía 25 años”, rememora.
Claro está, el haber elegido una carrera sólo por llevar la contraria y descubrir en el camino que en ella radicaba su vocación profesional es un asunto de suerte, del destino o de cómo cada quien quiera llamarle a este inusual fenómeno. Tanto la “pegó” Alberto, como se dice, que afirma sin titubear: “Si volviera a nacer estudiaría Derecho”.
En este punto, es válido preguntarse –y preguntarle- si le hubiera ido tan bien aceptando el reto de, por ejemplo, estudiar Veterinaria. Él cree que sí. Hasta ha llegado a pensar que le hubiese ido mejor en Arquitectura. “No usaría corbata, me afeitaría cada tres días y usaría el pelo largo”, bromea. “Eso lo digo en momentos como cuando tengo que ir a una audiencia en Cabimas un viernes a las 3:00 de la tarde”.
Sin complicaciones
Fue en esos años mozos de principios de los ’80 que Alberto se enamoró del Derecho Laboral y decidió especializarse en él. Eran momentos en que la mayoría de los abogados no se inclinaban por ninguna rama.
Recién graduado, comenzó a ejercer en el bufete de un colega suyo. Luego abrió su propia oficina en sociedad con Halim Moucharfiech, la cual se mantuvo durante dos décadas. Al término de ese tiempo, se separaron y él abrió el despacho Rodríguez Abogado y Asesores, S.C.
“Halim y yo tenemos un 80 por ciento de clientes en común, pero él atiende la parte civil y mercantil, y nosotros el aspecto laboral”, explica.
Rodríguez Abogado y Asesores, S.C. maneja una importante cartera en el ámbito regional. De ese total, una pequeña proporción corresponde a instituciones sin fines de lucro, a las cuales Alberto no cobra por sus servicios como forma de colaboración.
Algo en lo que él hace hincapié es en el hecho de que sus clientes deben ser serios, pues su reputación está de por medio.
“Los mejores casos de mi trayectoria profesional han sido aquellos donde la sentencia fue justa, independientemente de que haya ganado o perdido. Si al trabajador le tocan 3,75 se le debe dar eso, ni menos ni más. Así de simple. Si tiene la razón, lo pongo por escrito y se lo paso a la empresa, y se lo tienen que pagar si quieren que siga siendo su abogado. Soy muy viejo para estar haciendo trampa”, admite.
A estas alturas, Alberto no cree en casos complicados. Suele ver soluciones en entramados jurídicos difíciles de resolver para colegas de menor experiencia, especialmente en su despacho, cuando hay demandas de por medio. Aquí aplica otra de sus filosofías de vida: “La única razón de ser de los problemas es pasarles por encima. Si no les podemos pasar por encima, les pasamos por un lado. Y si el problema no tiene solución, la solución es que el problema no tiene solución…”.
Contrario a lo que podría creerse, afirma que la justicia laboral está funcionando en los tribunales del país, claro está, si no hay un gran interés político de por medio. “El empleado siempre es débil jurídico, pero no siempre gana los juicios”, aclara.
Entre picantes y chocolates
Dirigir un bufete de abogados y mantener su prestigio es una tarea de mucha responsabilidad para Alberto. Por eso, procura para sí mismo todo el tiempo libre posible, en especial los fines de semana. Un sábado en su casa, de 4:00 a 6:00 de la tarde, es muy probable que haya colgado los guantes por completo, entregándose al placer de cambiar canales del televisor o de, simplemente, dormir.
Si de leer se trata, un libro puede absorberlo hasta la madrugada. Suele devorarse más de cinco al mes, entre títulos de Derecho y cualquier otro tema que sea de su interés. Actualmente lee “La Herencia de la Tribu”, de María Teresa Romero, que hace referencia al proceso político del país.
En ocasiones, le ha tocado durante esos períodos de ocio atender algunas emergencias vinculadas al despacho. No tiene problemas en despertarse o levantarse de la mesa durante el almuerzo, si el caso realmente lo amerita.
“Yo les digo: no soy médico ni neurocirujano. Si es algo importante dejo de hacer lo que estaba haciendo, sin molestarme. Cuando no es así, el cliente se atiene a la posibilidad de que no le vuelva a contestar el teléfono fuera del horario laboral”, advierte.
Un fin de semana ideal para Alberto es aquel donde el Barcelona FC gana y el Real Madrid pierde. Es fanático a muerte de los catalanes. En su computadora exhibe la imagen con las seis copas ganadas por el “Barsa”. Ha visitado cinco veces su estadio, el Camp Nou, en España. Jugó fútbol durante su juventud, y aún siente en sus piernas las molestias por tantos golpes dados y recibidos jugando como defensa.
En materia de gastronomía, no es tan zuliano como aparenta. Se inclina más por la comida rápida al estilo norteamericano. Acostumbra colocar picante a varios platos, especialmente cuando come carne, pizza, garbanzo o pastas. Es el único de su familia con tal gusto.
Confiesa además una pasión desmesurada por los chocolates. Los come “por toneladas”, como él mismo dice. Quienes le conocen de cerca saben cuál es su preferido: uno de origen suizo, similar al clásico “Toronto”. Tanta es su afición a él que aprovechó un viaje a Europa para visitar su fábrica y llenó su equipaje de mano con el producto.
En ocasiones especiales suele degustar finos escoceses, aunque los prefiere de 12 años que mayores de edad. Otro de sus encantos es el vino, especialmente el merlot de origen chileno o francés.
“La única razón de ser de los problemas es pasarles por encima. Si no les podemos pasar por encima, les pasamos por un lado. Y si el problema no tiene solución, la solución es que el problema no tiene solución…”.
A la música le gusta bailarla y escucharla. Es gaitero “por todos lados”, pero siente especial inclinación por la salsa. Suele ir a los conciertos de sus artistas favoritos, como Carlos Vives, Juan Luis Guerra, Rubén Blades y Gilberto Santa Rosa.
Ha tenido la oportunidad de conocer varios destinos internacionales. No se cansa de visitar París. Para él, la ciudad más hermosa del continente es Montreal, en Canadá. Siente gran atracción por Boston, en Estados Unidos, y considera a Costa Rica “una belleza”. De América del Sur, el único país que no conoce es Chile. Y como buen venezolano, prefiere la playa antes que la montaña.
“He tenido la oportunidad de irme de Venezuela, pero no lo haré. Me tendrían que llevar encañonado al aeropuerto. Éste el mejor país del mundo”, afirma.
Reputación ante todo
Alberto está en una edad en que muchos comenzarían a pensar en el retiro; aún así, dice sentirse muy bien y encantado con lo que hace.
Percibe que ha tenido éxito en una profesión donde la interpretación de las leyes juega un papel fundamental, para bien o para mal de un caso.
“Con el tiempo”, reflexiona, “uno se va ganando el respeto de la gente. Los colegas y jueces saben que no llevas testigos ni argumentos falsos, ni que vas a desconocer pruebas alegremente. Saben que peleas de verdad por lo que tienes que pelear, ajustado a derecho. Eso te da credibilidad…”.
Cuadro familiar
Alberto admite ser “muy malo” en “eso de ubicarse en el tiempo”, razón que justificaría cualquier imprecisión en materia de fechas.
Luego de varios segundos refrescando la memoria, logra recordar que se casó el 4 de diciembre de 1981 con Soraya Viada, una joven oriunda de Aruba pero que él conoció en Maracaibo.
Se hicieron novios cuando tenía 20 años y ella 14. La estatura y carácter de Soraya compensaban su corta edad. La relación duró nueve años, con varias interrupciones.
De esta unión nació Joana Paola (26 años), abogada, cuyo segundo nombre fue escogido con motivo de la visita del Papa Juan Pablo II a nuestra ciudad -enero de 1985-.
Joana siguió los pasos de su padre en el camino de las leyes, sin embargo, ha tenido gran éxito con Chan Chan, la línea de trajes de baño que lanzó junto a Andrea Gómez y Elizabeth Montiel. Actualmente se encuentra cursando estudios que le permitirán reforzar el mercadeo de la marca.
El segundo hijo del matrimonio es Andrés Eduardo, quien tiene 19 años y se incorporará al despacho de su padre apenas culmine sus estudios de Derecho. En ese momento, el nombre de la oficina podría cambiar por el de “Rodríguez e Hijos Abogados Asesores, S.C.”, como lo pronostica Alberto.
Aunque Soraya se encuentra entre abogados, ella se ha dedicado a su empresa y a respaldar causas filantrópicas. Actualmente es presidenta de la Sociedad Amigos del Hospital de Especialidades Pediátricas.
“Ese es el amor de su vida”, reconoce Alberto. “Por ella he sido hasta subastador de arte, sin experiencia previa. Hemos realizado varias actividades benéficas”.
Publicado en la revista impresa EntreSocios (Edición No.78)
