HIJOS… EXCELENTES MALOS ALUMNOS

El año escolar llega a su término, así como los trimestres de las universidades, y vuelven los dolores de cabeza para cientos de familias que no reciben los mejores informes académicos de sus hijos.
Antes de cualquier reflexión al respecto, vale la pena hacer un análisis sobre la responsabilidad de unos y otros, justo antes de que la casa se convierta en un campo de batalla. Muchas investigaciones sobre patrones de crianza arrojan que las fallas en el rendimiento escolar siguen siendo unas de las primeras razones de la ruptura de la armonía familiar.
Una de las causas de las malas notas –pero no la única- podría residir en que el niño o adolescente no ha dedicado el tiempo necesario al estudio y a la preparación para las evaluaciones, sin embargo, esos números o letras en las boletas también delatan grietas en el apoyo y seguimiento de los padres. De hecho, somos muchos los sorprendidos al recibir el boletín, y es ese el momento en que comenzamos a preocuparnos.
Seguramente en este período, muchos padres nos enfrentamos al conflicto de cómo actuar o asumir los resultados finales del año escolar. Nos preocupamos a sabiendas de que es en estas etapas de niñez y adolescencia cuando sentamos las bases más importantes en la formación de la personalidad, el desarrollo intelectual y afectivo y los principios que regirán la conducta de nuestros hijos, así como sus valores religiosos y culturales.
Alumnos con dificultades, profesores con tensiones y críticas y padres que no sabemos qué hacer… El panorama del fracaso escolar se ha convertido en un punto importante de crisis familiar. Los padres comenzamos equívocamente a establecer comparaciones, sin caer en aquellos excesos que sí existen y me refiero a los padres que ocultan y hasta inventan notas y triunfos de sus hijos.
Estudios internacionales demuestran que familia y sociedad actúan como factores decisivos y entrelazados en el tema del fracaso académico. Si nos metemos en aguas profundas, encontramos múltiples trabajos de investigación que señalan que los alumnos con problemas escolares quieren afecto y atención, pero no todas las familias son iguales. Muchos padres están desesperados con los malos resultados de sus hijos, con su conducta. No saben qué hacer y viven en una constante situación de desasosiego, especialmente cuando descubren que posiblemente tengan que repetir el año.
Me pregunto todos los días en qué estamos fallando y creo, humildemente, que ante tanta globalización, posiblemente en lo que fracasamos es en el enfoque que le estamos dando a la motivación.
Todos los padres deseamos que nuestros hijos sean buenos estudiantes, pese a que múltiples experiencias nos dicen que muchos malos estudiantes acaban siendo personalidades triunfantes y excepcionales. Sin embargo, es nuestra tarea diaria motivarlos a aprender, visto el aprendizaje como el proceso de guardar en la memoria información y experiencias que van a determinar la conducta futura de nuestra descendencia. El problema es que los hemos acostumbrado a estudiar como un deber, o peor aún, como una obligación, y ese es nuestro discurso diario.
Una perorata reza que les damos todo y sólo les exigimos traer buenas notas, lo cual es un error de enfoque según los entendidos. En lo que realmente tendríamos que trabajar es en la creación del hábito. Tal vez, el principal problemas de nuestros hijos es tener padres ausentes, trabajando todo el día, colmándolos de actividades y vida social sin atender a la importancia del hábito.
Cuando el boletín está en llamas, criticar y reprochar paraliza las posibles soluciones. Lo trascendental es tomar las riendas y averiguar qué es lo qué está ocurriendo: si hay fallas en la organización del lenguaje o del cálculo, fallas emocionales o de madurez, si el problema es el profesorado, si nosotros como padres no les hemos prestado ayuda suficiente, etcétera. Frente a una avalancha de materias raspadas no nos queda más remedio que ocuparnos, y eso significa organizar, identificar cuáles ameritan más dedicación o ayuda extra escolar. La idea es que los muchachos se sientan apoyados, que sientan que los estamos ayudando a solucionar un inconveniente.
Y aquí entramos en el más criticado de todos los temas: el castigo. Muchos padres desesperados incluyen severas reprimendas -incluso físicas- a sus hijos “EXCELENTES MALOS ESTUDIANTES”… Yo preferiría utilizar el término “privación de privilegios”…
Es importante que los niños y adolescentes tengan claro cuál es la conducta que sus padres esperan de ellos y la cumplan. A diferencia del castigo, la privación de privilegios no es más que una consecuencia que nuestro hijo provocó. Esta es la medida más efectiva según las últimas investigaciones, porque conduce a la autodisciplina.
Sólo podemos hacer uso de la medida de privación de privilegios -mal llamada “castigo”- si estamos conscientes de que tanto nosotros (padres) como el colegio han cumplido debidamente con su compromiso en el proceso educativo de nuestros hijos, si hemos agotados las llamadas de alerta, si les hemos suministrado los recursos de asesoría adecuados, si hemos hecho equipo con los profesores y si hemos promovido normas y límites democráticos. De ser así, los muchachos reaccionan de manera positiva ante sus privaciones. Al principio se molestan, pero terminan asumiendo y aceptando que cometieron un error.
Los padres sufrimos tanto como los hijos cuando éstos se encuentran “castigados”, pero debemos ser fuertes en nuestras imposiciones, y para ello es fundamental que a la hora de “privarlos” escojamos y pensemos muy bien lo que pudieran ser sus reacciones. Si nuestro hijo llega a casa con las notas y sólo ha aprobado materias como deporte, inglés y religión, nuestra primera reacción es quitarles el fútbol, pero resulta que es el portero de su equipo. Pensamos: “Hay que darles donde más les duele», cuando resulta que es el momento de apoyarles sus puntos fuertes, porque su reacción de rebeldía puede llegar a asustarnos -y me refiero a serios problemas de depresión y ansiedad-. Antes de recibir una respuesta contraria, debemos transmitirles que los privilegios que temporalmente suspenderemos compensarán y servirán para reparar, reflexionar y hacerlos cambiar, y que el tiempo que antes dedicaban a esas actividades deberá ser empleado para estudiar. La mejor forma es poner un tiempo para el estudio, horas, dedicación y calidad.
Evidentemente, si el problema de las malas calificaciones pasa de un inconveniente reiterado a un conflicto familiar de dimensiones considerables, es recomendable buscar ayuda profesional para descubrir la multitud de causas que pueden estar generando esta actitud en nuestros hijos.
Sin embargo, no está de más revisar algunos consejos prácticos sobre el papel que debemos jugar en el proceso educativo de niños y adolescentes. Es fundamental poner énfasis en la prevención (sobre todo en la enseñanza primaria, porque es allí donde podemos detectar el problema y solucionarlo a tiempo) y fomentar siempre el diálogo entre alumnos, profesores y padres. La colaboración como estrategia e introducir media hora de lectura semanal desde los 3 a los 18 años de edad es un hábito muy recomendado.
Los niños deben sentir que queremos su felicidad en el colegio; por eso, nuestra preocupación no debe reducirse sólo a las notas, así como nuestra responsabilidad no puede reducirse a la supervisión… Tenemos la obligación de acompañar el proceso educativo para lograr resultados deseados… Y en resumen, debemos asumir una actitud solidaria y corresponsable frente a los fracasos escolares de nuestros hijos. BUENA SUERTE Y MUCHO CORAZÓN!!!
HASTA LA PRÓXIMA…
ISABEL C. BRACHO R.
Publicado en la revista impresa EntreSocios (Edición No.73)
