Monseñor Edgar Peña Parra, primer Nuncio Apostólico venezolano

“Nunca me acostumbraré a estar lejos de Maracaibo”
Sumario: Al nuevo prelado zuliano le ha sido asignada la representación diplomática de El Vaticano en Pakistán, un país de minoría católica y donde los asesinatos por causas religiosas son comunes. “Sé a lo que voy”, afirma, al tiempo que ofrece su vida a la misión encomendada por Benedicto XVI. Dice carecer de suficiente imaginación para vislumbrarse como rey de la Iglesia en el futuro; aspira más bien a que se le recuerde siempre desde acá como el “curita del Saladillo”, y por eso abrirá sus cuentas en Twitter y Facebook.
Texto: Jairo Márquez Lugo Fotografía: Juan José Lugo
Al momento de escribirse estas líneas, monseñor Edgar Peña no tenía definida la fecha de su partida a Pakistán, país del cual será su Nuncio Apostólico. Mientras, el “curita del Saladillo” –como le dicen cariñosamente- disfrutaba a sus anchas de la Maracaibo que lo vio nacer el 6 de marzo de 1960, cumpliendo una apretada agenda pastoral y personal.
Peña lleva 21 de sus 25 años de sacerdocio al servicio del Vaticano como diplomático, en cargos que le han permitido conocer medio planeta e infinidad de culturas. Ahora, el Papa Benedicto XVI lo ha convertido en el primer Nuncio Apostólico nacido en Venezuela y lo designó como su representante en una nación preeminentemente musulmana, colocándole ante sí un reto difícil y hasta riesgoso.
A sus recién cumplidos 51 años se perfila como un hombre de cultura universal -algo que incluso es notorio en su acento-, sin embargo, se siente muy arraigado a sus raíces.
“Uno nunca se acostumbra a estar lejos de casa, de mi gente, de la Arquidiócesis”, confiesa en exclusiva para EntreSocios. “Nunca me acostumbraré a estar lejos de Maracaibo. Por eso, cada vacación que tengo salgo loco por venirme. Acostumbro a llegar siempre a mediados de año y en diciembre. Durante el paro del 2002 me tocó pasar el 24 en Suráfrica, pero el 31 ya estaba aquí gracias al padre Severeyn, que fue a buscarme al aeropuerto con boletos y todo. Hasta dejé botadas las maletas (risas)”.
Del Saladillo para el mundo
Edgar Robinson Peña Parra es fruto del matrimonio entre Robinson Peña y Adela Parra de Peña, y posee cuatro hermanos. Todos se criaron con humildad en las adyacencias de la Basílica.
Mientras estudió en el liceo Andrés Bello, formaba parte de un grupo de jóvenes que le gustaba ayudar a otras personas. Solían ir a hospitales para visitar a enfermos terminales. Fue quizá eso lo que motivó, en principio, a que se inclinara por la medicina, pero en el fondo sentía un llamado de Dios que no tenía eco en ninguno de sus compañeros.
Fue monseñor Roberto Lückert, arzobispo de Coro y antiguo párroco del templo chiquinquireño, quien hizo crecer ese grano de mostaza, que con el tiempo se convirtió en árbol y hoy ha cosecha buenos frutos.
Fue ordenado sacerdote en la Basílica el 23 de agosto de 1985, y posteriormente realizó estudios de derecho internacional, derecho canónico y diplomacia eclesiástica en El Vaticano. En ese interín fue vicario cooperador de las iglesias Nuestra Señora de Guadalupe (Sierra Maestra), San Pablo (La Rotaria) y San Rafael de Mara (El Moján).
Gracias a esta formación, el Papa Juan Pablo II le encomendó en 1993 el secretariado de la Nunciatura Apostólica de Nairobi (Kenya), trabajo que compartió con el programa de las Naciones Unidas para el ambiente y la vivienda. Cuatro años más tarde le dieron ese mismo cargo en Belgrado (Yugoslavia), donde le tocó enfrentar el conflicto bélico con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan).
A mediados de 1999 fue trasladado a la sede de Naciones Unidas en Ginebra (Suiza). También estuvo en Suráfrica.
Del 2002 al 2005 pasa a ser consejero de la Nunciatura Apostólica en Tegucigalpa (Honduras), y de 2006 al 2010 hizo lo mismo en Ciudad de México.
Fue el pasado 5 de febrero cuando el Papa Benedicto XVI hizo su consagración episcopal en la Basílica de San Pedro, nombrándolo a la vez arzobispo de Telepte (Túnez) y Nuncio Apostólico en Pakistán.
Peña combina experiencia, preparación, juventud y disposición para sembrar el catolicismo en terreno escabroso, considerando que el 95 por ciento de los 176 millones de habitantes de Pakistán son musulmanes y la violencia, en particular de orden religioso, cobra vidas casi a diario.
Casualmente, el día de nuestra entrevista, habían asesinado en horas de la mañana al ministro para las Minorías de Pakistán, Shahbaz Bhatti. Eso modificó las prioridades del repertorio de preguntas.

-¿Cómo cambia ese asesinato las perspectivas del trabajo encomendado?
-Siempre es lamentable una pérdida humana, y más si se trata de alguien que ha luchado por las minorías, de un representante católico en medio de un gobierno donde todos son musulmanes. Es un hecho muy triste, porque hay una gran mayoría de la población musulmana del mundo que apuesta por la paz, el diálogo, y piensa en la concordia. Estos actos son fruto de los grupos extremistas, que más bien quieren la guerra e intimidar.
Lo ocurrido no cambia nada. Nos aclara más el panorama, para saber dónde vamos y lo que hay que hacer: incrementar el diálogo. Cuento con la ayuda de Dios y la protección de la Virgen.
-En lo personal, ¿se siente asustado?
-Cuando vi la noticia esta mañana, hablé con monseñor Ubaldo Santana (arzobispo de Maracaibo) y le dije: “No sólo tienes al primer nuncio de tu arquidiócesis, sino también quizá al primer mártir…” Si eso pasara, sería un don de Dios. Como última voluntad, le pediría al padre Ovidio (Duarte) que me ubique un huequito en su iglesia. Sé a lo que voy.
No contamos con presupuesto para carros blindados y personal especial. La seguridad nos la brinda el Estado que nos recibe. Mis guardaespaldas son los ángeles y arcángeles.
-¿El hecho de ser marabino le otorga alguna ventaja para influir en el nuevo entorno en que se desenvolverá?
-Estamos convencidos de que cuando Dios nos manda a un lugar nos da la gracia para cumplir nuestra misión, y una de ellas es haber nacido aquí. Él me dará todo lo necesario para una misión en beneficio en todo el pueblo de Pakistán.

-Todo ser humano quiere escalar posiciones en su vida. ¿Aspira a ser cardenal o papa?
-Para haber vislumbrado todo lo que sucedió en Roma el pasado 5 de febrero, deberíamos tener la imaginación de Julio Verne. No tengo imaginación para ver lo que vendrá luego. Los religiosos no deseamos. Si algo llega lo aceptas en nombre propio y de la Iglesia. Dicen los italianos: “lo que vendrá, vendrá”.
-Por fortuna, le ha llegado este nombramiento con juventud.
-Siempre cambiar de país y de lugar exige condiciones, pero donde me mande el Papa, allí iré. Espero contar con la salud que siempre me ha caracterizado cuando se me quite esta ronquera que cargo desde hace días. Mucho palo e’ matía y jengibre.
-¿Es un objetivo específico de su misión incrementar el número de católicos en Pakistán?
-Es el objetivo de cualquier Iglesia local, más que el nuestro. Eso se basa sin duda alguna en mayor respeto y diálogo entre los pueblos. Dos o tres millones de católicos extendidos por todo el país no es un número despreciable.
-¿Cuáles serán sus fórmulas de éxito?
-Seguir los lineamientos del Santo Padre, porque voy en su nombre y de la Iglesia. Estaré muy unido a él, así como a los obispos locales y al pueblo musulmán. Cercanía, cordialidad, amor desinteresado… De alguna forma, a ese pueblo ya lo llevo dentro de mí.
-Siempre se espera de la Iglesia un acercamiento hacia los pobres, y usted ha hecho énfasis en los jóvenes, en aras de que surjan nuevas vocaciones sacerdotales.
-Con Caritas Internacionalis se hicieron esfuerzos ingentes para atender a quienes se quedaron sin casa ni alimentos en Pakistán por causa de las lluvias. La caridad no es un método de evangelización, sino es una manera de diálogo con el pueblo que sufre, o quizá un modo de vida. Cuando alguien se queda sin nada, tener a alguien cerca que lo ayude es una bendición del cielo.
-Otra responsabilidad suya es la de servir de ejemplo para su país. ¿Cuánto pesa eso?
-Lo tengo presente, pero detrás de mi está la Arquidiócesis de Maracaibo, a la cual debo responder de la mejor manera posible. El apoyo que el pueblo me ha manifestado es también una responsabilidad. Mi mensaje hacia los jóvenes es que hagan algo positivo, trabajen, estudien, sean sacerdotes y saquen adelante al Zulia y a Venezuela.

-¿Por qué vale la pena ser sacerdote, desde la perspectiva que ahora le rodea?
-Es una grandísima oportunidad -entre otras- de servir al pueblo en el nombre de Dios, como motor de vida. En general, muchos sacerdotes y religiosas han sido grandes ciudadanos, como el padre Pio de Pietrelcina en Italia y la madre Teresa de Calcuta en la India. Es sin lugar a dudas un estado de vida privilegiado, para darse todo y a cualquier lugar donde nos manden.
-¿Se ha sonrojado por tanto reconocimiento?
-Sonrojado y apenado es poco. Siempre he vivido mis 25 años de vida sacerdotal de “low profile”. Entiendo que deba pasar por esto ahora. Es necesario e importante. Sin embargo, trato espiritualmente de no creérmela. Para mí, un gran piropo es que alguien me diga “Edgar, tú sigues siendo el mismo”. Y es así.
-¿El Papa le dijo algo en particular durante su consagración?
-Fue muy gentil y afectuoso, especialmente conmigo –según algunos-. Él sabe que nos está enviando a misiones no del todo fáciles. Confía en nosotros y contamos con su oración y apoyo. En el momento del abrazo de la paz me felicitó y dio palabras de aliento. Muchas veces se habla también con los gestos.
-¿Cómo quieren que lo recordemos aquí, cuando ya esté instalado en Pakistán?
-Con la oración. En la misa de los domingos. En cualquier lugar. Que se acuerden de su hermano, que está sirviendo al mundo en nombre de Maracaibo y el Zulia. Yo siempre los he tenido en sus oraciones.

-¿Su familia podrá viajar a verlo?
-Tendrán una habitación, la misma que le ofrecí a monseñor Lückert y al padre Ovidio para cuando quieran ir. Es posible que esté allá entre tres y seis anos. Abriré una cuenta en Twitter y Facebook para mantenerme en contacto con ustedes.
Publicado en la revista impresa EntreSocios (Edición No. 81, 2011)
