“A mí no me van a ‘empantuflar’ en la casa”: Gilberto Gudiño

Este “llanero marabino” es reconocido como uno de los dirigentes gremiales más importantes del país.
Texto: Jairo Marquez Lug / Fotografía: Juan José Lugo
Con apenas el tercer año de bachillerato y un título como Técnico en Comunicaciones logró consolidarse como asesor y empresario. Viajó por el mundo trayendo juguetes a Venezuela, entre ellos el famoso “Lego” y aquella muñeca llamada “Carolina y Carleto”. La tienda infantil “Popin” y los stands de Expozulia le han dado renombre en el ámbito comercial. Fundó y presidió a Fedecámaras Zulia. Es consejero permanente de Consecomercio.
A sus casi 79 años, Gilberto Gudiño trabaja en promedio 12 horas al día. La hipertensión y diabetes no lo amilanan. Tiene el mismo ímpetu que lo animó a ser empresario en la década de los ’70.
“A mí no me van a ‘empantuflar’ (dejar en pantuflas) en la casa”, advierte a los familiares y amigos que quisieran verle descansar en la tercera edad.
Cuando lo entrevistamos, tenía gran cantidad de eventos en su agenda y un buen número de ideas emprendedoras, similares a las que le han dado éxito a lo largo de este tiempo. Gente de mucha menos edad no exhibe tal ímpetu.
Para quien aún no lo conozca, ofrecemos algunas «señas».
Gudiño es el creador de Expozulia, ese evento tradicional de la Feria de la Chinita que pasó a convertirse en una empresa multifacética. Fue quien introdujo en Venezuela la marca de juguetes Lego, esa con la que mucho de nosotros se divirtió durante la niñez. Fundó a Fedecámaras Zulia y es reconocido como uno de los dirigentes empresariales más importantes del país.
Tras conocerlo, queda la sensación de haber estado con alguien que supo moldear su destino. Luego de contarnos su historia, supimos que la vida no le fue servida en bandeja de plata.

***
Gilberto Antonio Gudiño Herrera nació el 17 de julio de 1933 en Araure, estado Portuguesa. Es el quinto de sus ocho hermanos.
Su padre, Rafael Gudiño, fue abogado y preso político del régimen de Marcos Pérez Jiménez. La estadía en prisión obligó a su esposa, Carmen Herrera, así como a todos los hijos, a asumir las riendas de la casa desde temprana edad. Flores y dulces fueron algunos de los artículos que debieron vender para obtener el sustento diario.
“Fueron tiempos difíciles”, rememora. “Mis estudios en primaria y secundaria transcurrieron entre Araure, Guanare y Barinas. Llegué al tercer año de bachillerato y luego me hice técnico en Comunicaciones en Caracas. Conseguí un empleo en Venezolana de Navegación y debía trabajar en buques. Fue así como llegué a Maracaibo”.
Llegó a la capital zuliana en 1953. Le impresionó el tamaño del Lago, considerando que en los llanos sólo veía cuerpos de agua de menor magnitud. Su misión era partir ese año como marino mercante a un viaje internacional. El barco en el que debía embarcar se accidentó en Alemania, lo cual demoró la travesía durante tres meses.
“Me quedé en la casa de mi hermana mayor, que tenía tiempo viviendo aquí. En vista de que no estaba haciendo nada, su esposo me ofreció trabajo en el negocio de la madera. Debíamos llevarla desde Río Negro (Sierra de Perijá) hasta los aserraderos. Me puso al frente de 60 hombres, entre colombianos y guajiros. Lidiar con ellos no fue fácil”, admite.
El joven Gilberto desistió de la idea de adentrarse en alta mar. El empleo le hizo echar raíces en Maracaibo y obtener ingresos. La semilla de emprendedor comenzaba a germinar en él, pero estaba consciente de sus limitaciones: carecía de suficiente formación profesional.
“La gente del Grupo Salvatierra –comenta- tenía varios negocios, uno de ellos llamado ‘La Casa del Niño’, en la antigua calle 99. Me hice vendedor de artículos infantiles, adquirí gran experiencia e hice cursos con profesionales nacionales e internacionales. Ese era el conocimiento que necesitaba”.
El buen desempeño, vocación y dominio del oficio motivaron su ascenso en la empresa, hasta convertirse en asesor de compras. Era él quien viajaba por diversas partes del mundo eligiendo los productos que se comercializarían en Venezuela.
El método de selección era simple: intuición y experiencia lúdica. Sí. Ese hombre de treinta y pico de años se ponía a jugar, cual infante, para tener una aproximación en carne propia de lo que querían los niños. Y la “pegaba”, como se dice.
“De Italia nos trajimos aquella famosa muñeca llamada Carolina y Carleto. Hicimos una campaña en televisión y las primeras cinco mil se agotaron. Me invitaron a Dinamarca y conocí el Lego, otro juguete de gran aceptación. Ese olfato comercial lo mezclaba con una mente de niño. Entendía el juguete, lo disfrutaba”, expresa.
Los aciertos comerciales no paraban, sobre todo tras la decisión de importar la famosa marca de ropa Buster Brown. Sin embargo, Gudiño identificó pronto su techo en la empresa. Tras 12 años, decidió renunciar.

***
La década de los ’70 marcó el inicio de su carrera empresarial. Con la liquidación decidió establecer la tienda “Popin”, ubicada en la avenida Bella Vista con calle 68. En esos 640 metros cuadrados comenzó a vender artículos infantiles. A muchos de los proveedores ya los conocía.
“Fue la mejor tienda para niños de Venezuela”, sostiene. “Todas las grandes fábricas querían estar con nosotros. El crecimiento permitió convertirnos en una tienda por departamentos, de dos mil metros cuadrados. Allí vendíamos de todo, hasta cristalería de bohemia. Llegamos a tener guardería y fuente de soda”.
A sus treinta y tantos años, Gudiño jugaba como un niño a la hora de escoger los juguetes que quería importar a Venezuela. Su olfato comercial lo mezclaba con una mente infantil. “Entendía el juguete, lo disfrutaba”, admite.
Para quienes recuerdan con agrado esa época, un agregado: el gran Renny Ottolina era quien grababa las cuñas de “Popin”, aunque él insistía en llamarla “Popín”.
El éxito borbollante comenzó a mermar tras el famoso “Viernes Negro” que enrrumbó al bolívar hacia una devaluación sin fin. La competencia, así como también algunas regulaciones gubernamentales, también hicieron mella. La tienda fue vendida en 1989. “Por ese camino ya no voy”, dijo su propietario.
No todo era declive; Gudiño incursionó en las lides gremiales y fue electo presidente de la Cámara de Comercio y Servicios del estado Zulia (Ucez) en los períodos 1978-1980 y 1980-1982. Durante esos cuatro años elevó de 50 a 500 el número de empresas afiliadas e hizo de ésta, según sus palabras, “una de las mejores cámaras” de la región.
También ingresó a Consecomercio, en calidad de director zonal, director secretario y consejero permanente. Este último cargo lo mantiene a la fecha. Se hizo, además, director zonal de Fedecámaras.
“Tenía que viajar todas las semanas a Caracas. Los lunes estaba en Consecomercio y los martes en Fedecámaras. Poco a poco, me convertí en dirigente nacional”, recuerda.
Uno de sus principales méritos en el ámbito gremial consiste en haber impulsado la creación del primer Consejo de Coordinación Empresarial de Fedecámaras fuera de la capital, lo cual derivó en la creación de Fedecámaras Zulia. Fue su segundo presidente.
“Desde el ámbito empresarial –agrega- impulsamos la reforma del Estado, la descentralización y la elección popular de gobernadores y alcaldes. Logramos restituir las garantías económicas suspendidas desde el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez”.
***
El próximo emprendimiento de Gudiño fue Expozulia. La empresa fue fundada a fines de la década de los ’80, y desde entonces, es sinónimo de uno de los eventos más tradicionales de la Feria de la Chinita.
Cada vez que llega el mes de noviembre, miles de personas acuden al hangar de Grano de Oro para visitar stands comerciales, así como para degustar comidas y bebidas y disfrutar espectáculos nacionales e internacionales.
Con el pasar del tiempo, Expozulia se consolidó como una organización capaz de ofrecer la realización de otros eventos –exposiciones, congresos, actividades culturales y folclóricas-, así como de editar revistas y guías empresariales y el montaje de stands y tabiquería. A ella se suma Gudisa, una empresa que distribuye repuestos automotrices.
“Sólo en Expozulia ofrecemos 30 emplos fijos y más de 1.500 temporales a final de año”, agrega.
***
Aunque no vislumbra aún el día de su retiro, Gudiño valora con demasía el respaldo de sus hijos para mantener en pie su obra. Por eso, ha delegado la mayoría de los asuntos operativos; él se reserva el derecho de “firmar los cheques” y seguir concibiendo aquellas ideas de negocio que le darán prosperidad.
“Pronto haremos de nuevo la feria escolar”, anuncia. “He pensado en un evento que se llamará ‘Expomantenimiento Mayor’, dedicado a la industria, pero lo haremos cuando el país tenga otras circunstancias”.
Tal visión es respaldada por buenas condiciones de salud –controlada por especialistas-, una dieta sana –a pesar de los “cachos”, sobre todo dulces-, tres kilómetros diarios de caminata y la férrea decisión de hacer las cosas por cuenta propia, mientras el cuerpo aguante.
“Querían hasta ponerme un chofer, pero no me hallo en el puesto de atrás. Tuve que darle otro empleo”, bromea.

Un miembro especial
Gudiño se ha casado dos veces. De su primer matrimonio nacieron Luz Maritza, Gilberto Alfredo, Alice y Rafael Ramón; del segundo –con Isabel Millán-, José Manuel y Gilberto Antonio. Tiene nietos y bisnietos.
Toda su descendencia le ha brindado satisfacciones, pero José Manuel destaca entre todos por haber sido diagnosticado con autismo. Es, como él dice, “un bebé de 31 años”.
“José Manuel es una bendición de Dios. Ha llenado nuestra casa de felicidad. Nos ha enseñado a tener paciencia, a entender que no todo en la vida es fácil”, manifiesta.
Esa condición la descubrieron en momentos en que Maracaibo no contaba con instituciones especializadas para el tratamiento de los pocos casos diagnosticados.
En virtud de ello, Gudiño y otras personalidades dedicieron crear la Fundación Peter Alexander para los Niños Autistas del Zulia (Fupanaz), en abril de 1990, que en la actualidad atiende a 125 niños y tiene en lista de espera a otro centenar.
“Fupanaz”, refiere, “se ha convertido en una de las instituciones más importantes de América Latina. Hemos tenido gran éxito con diversos programas, logrando reducir el número de padres o madres que desertan tras identificar a un hijo autista en la familia”.
Gracias a este esfuerzo, varios de los alumnos de Fupanaz han logrado llegar a la universidad o exhibir sus talentos -sobre todo en el canto-, algo que representa un logro a escala mundial.
Para Gudiño, esta institución es ejemplo de la importancia de la Responsabilidad Social Empresarial en Venezuela.
“Más de la mitad de los recursos que necesitamos anualmente los obtenemos gracias a diversos aportes. Nuestro primer deber como empresarios es crear empleos; en segundo término estamos obligados a integrarnos a las comunidades. Fupanaz es ejemplo de ello”, indica.
Publicado en la edición No. 94 de la revista impresa Entresocios (abril 2012)
