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Lía Bermúdez en cuatro actos.

Jairo Márquez Lugo · 21 oct 2021

Lía Bermúdez en cuatro actos.
Lía Bermúdez, escultora venezolana.

A manera de guión teatral y crónica periodística, presentamos una entrevista con esta insigne venezolana más allá del mito que la envuelve como artista. En el primer acto devela lo que podrían ser dos de sus últimas voluntades: el Museo Ecológico y Turístico del Lago de Maracaibo y el Museo Barro de América. En el segundo manifiesta su desencanto con la Maracaibo de hoy, con la esperanza de volverla a ver como hace 63 años, cuando la conoció. En el tercero admite ser poco sociable, aunque otorga gran valor a la amistad. En el cuarto reafirma su amor por Bernardo, el hijo que partió al cielo hace casi un año.

Crédito Textos: Jairo Márquez Lugo / Fotos: José Salcedo

Cuando al reloj le faltaba poco para marcar las 3:00 de la tarde del pasado 11 de junio, ambos nos encontramos en la entrada del recinto que lleva su nombre, el Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez (CAMLB). Tuve la amabilidad de abrirle la puerta de vidrio para aprovechar la ocasión y presentarme de una vez, agradeciendo al mismo tiempo el haber aceptado nuestra invitación. “Yo siempre soy muy puntual”, me dijo Lía Bermúdez luego de estrechar nuestras manos. Detalles como ése hablan ya de una venezolana poco común, a quien tendría el placer de entrevistar minutos más tarde.

Luego de bordear caminando la obra “El Penetrable”, de Jesús Soto, la profesora –como muchos le dicen- y yo caminamos lentamente hasta el ascensor ubicado en la Sala de Artes Escénicas, en aras de seguir la ruta de todos los días hasta su oficina. “Ya no puedo subir las escaleras, pues los peldaños se me hacen muy altos”, confiesa. Al abrirse la puerta en el primer piso, el camino nos invita a bordear el escenario mientras hacíamos un preámbulo de nuestra conversación con grabador encendido. En un punto del camino, la vista se hace preciosa y ella se detiene a contemplar, como dice hacerlo con frecuencia. En el horizonte, del lado derecho se veía a un grupo de niños y niñas ensayando un acto de danza, y del lado izquierdo las más de mil butacas rojas donde tantos espectadores de la ciudad se han sentado a contemplar sendos espectáculos y funciones de cine. “Siempre hago una parada aquí antes de llegar”, agrega.

Cuando llegamos a la oficina, me invita a sentarme en una mesa de reuniones mientras su asistente la pone al tanto de las últimas novedades. Una de ellas es la noticia sobre el fallecimiento de Esteban Pineda Belloso, presidente honorario del diario Panorama. Enseguida, gira instrucciones para enviar condolencias a la familia, publicar un obituario en el periódico y programar una visita a la funeraria. Su celular repica: era la llamada de un colega que solicitaba su opinión sobre dicho fallecimiento para la edición de Panorama del día siguiente.

Poco después de eso, y ya con el grabador encendido, la conversación inicial me hizo entender que la muerte no es un tema tabú para mi entrevistada. Ella misma lo introdujo en el diálogo al hacer referencia a su mala memoria, diciendo: “Ay chico, no importa… Yo sé que me voy a morir pronto…”

-No diga eso por favor -le repliqué-. Dios no lo quiera.

-Tan pronto no, porque debo tener los dos museos encaminados.

-¿Cuáles?

-El Museo Ecológico y Turístico del Lago de Maracaibo y el Museo Barro de América.

-¿Qué significa para usted el primero de estos proyectos?

-Es muy importante para mí, pues soy una persona que no inventa las cosas, sino que ve las necesidades. Y como artista al fin tengo cierta sensibilidad. Los artistas plásticos somos visuales, y no sólo veo, sino también miro…

-¿Qué tendremos allí?

-En el museo estará recogido todo lo que tenga que ver con el Lago. Será un lugar con un propósito educativo para el espectador, en el cual podrá apreciar lo bello, positivo, maravilloso e importante de nuestro principal reservorio lacustre. Si al Lago le quedan 50 años de reservas de petróleo, como dicen los expertos, ¿de qué viviremos después? Del turismo, pues tenemos un lago precioso… Y la sede del museo debe ser de por sí un atractivo turístico. Todavía no tenemos un lugar para él.

-¿Y usted cree que el lago viva 50 años más?

-Sí, si lo atendemos a tiempo…

-¿En qué consiste el otro proyecto?

-El Museo Barro de América abrirá primero que el otro. Es producto de las cinco ediciones de este evento que tuvimos acá en el CAMLB. El museo unirá al continente a través de la tierra como soporte. Tenemos ya toda la colección, el espacio –un edificio al lado de Ipostel cedido por la Guardia Nacional- e incluso la directiva.

A estas alturas de la entrevista con la profesora, me impacta su lado visionario. No tengo ni la mitad de su edad ni una cuarta parte de su capacidad para darle forma al futuro. Eso que muchos llamamos “utopía” es, para otros, sólo cuestión de tiempo y empeño. Sigue convenciéndome de que es una venezolana excepcional.

II

No quiero detenerme a relatar toda la historia de la profesora, pues su nombre está tallado en piedra en el imaginario colectivo del país. Introducir las palabras “Lía Bermúdez” en Google genera aproximadamente 617 mil resultados en 0,28 segundos, aunque su nombre verdadero es Carmen Rosalía González Ágreda de Bermúdez. Quise más bien, al momento de la entrevista, intentar conocer a la persona detrás del mito de la artista.

Quien aún no la conozca bien pensará que es zuliana, por su defensa acérrima del Lago. No. Nació en Caracas el 4 de agosto de 1930, y de su infancia y adolescencia en la capital recuerda con especial agrado sus estudios en la Escuela Experimental Venezuela y la Escuela de Artes Plásticas.

En sus viajes de placer y de trabajo dentro del país había conocido casi todo el territorio nacional, menos Maracaibo. La incipiente industria aeronáutica nacional y la inexistencia del Puente Sobre el Lago aislaban a nuestra ciudad. Un acontecimiento fantástico, parecido a un relato propio del realismo mágico latinoamericano, estableció un primer contacto entre ella y nuestra cultura.

“Cuando tenía como 11 años y vivía en El Conde –una urbanización que ya no existe-, un buen día oímos un gran escándalo. Al asomarme por la ventana vi a una princesa wayúu que llevaban como a una reina dentro de un carro, escoltada por cuatro caballos adornados que montaban miembros de su etnia y un gran gentío. Era Flor Enmanuel, la primera reina que tuvo nuestro país y reina de la Agricultura y Cría en la época de Isaías Medina Angarita. Esa escena me pareció un cuento de hadas”, relata con mirada infantil.

Era costumbre entre las niñas de aquella época cargar siempre una libreta y hacerse de la mayor cantidad de autógrafos de personajes famosos. La pequeña Lía siguió la comitiva y llegó hasta una fuente de soda, donde la soberana haría una parada. Antes de que Flor Enmanuel alcanzara a sentarse, la niña captó su atención para obtener el tan preciado autógrafo, no sin antes quedar estupefacta. “Cuando vi de cerca a esa mujer, tan alta y hermosa y con esa manta de colores tan bella, me dije: ‘Ésta es una diosa’”.

Así de deslumbrada quedó cuando, a sus 18 años, llegó a Maracaibo cruzando el lago en los tradicionales ferrys para vivir con su esposo, un guayanés de nombre Rafael Bermúdez. En ese momento juró no regresar jamás por tierra a Caracas, no sólo por la belleza que le antecedía, sino por lo escabrosa que era la carretera desde Barquisimeto.

Esa escena del ferry la cuenta en cámara lenta, con la misma velocidad que llevaba la embarcación.

“Poco a poco, iba presentándose ante mí una ciudad desconocida, que me llenaba de emoción. Al llegar a tierra firme, lo impactante de Maracaibo no era lo colonial-español, sino la influencia europea dejada por los alemanes y holandeses”, comenta.

-Imagínese que hoy tiene 18 años y se está mudando a Maracaibo. ¿Se emocionaría igual con la ciudad que encuentra?

-No, porque se ha descuidado lo más hermoso que tiene Maracaibo, que es el centro. ¿Por qué tanto abandono, si aquí se concentran las principales actividades religiosas, políticas y bancarias de la ciudad? No sirvió la planificación de otras épocas. La basura está a la vista. La gente se desencanta al ver que no hay la costumbre de arreglar y restaurar nuestro patrimonio. No es la misma ciudad que encontré.

-Yo tengo una opinión: creo que el de nosotros, los zulianos, es un orgullo vacío hacia la región.

“No soy muy sociable porque no cumplo siempre con la gente que debo cumplir. Soy sociable aquí, en el centro de arte. Mucha gente viene a verme, y todos saben lo mucho que trabajo”.

-Los zulianos son muy regionalistas pero no cuidan lo propio, comenzando por el lago, que es una de las maravillas del mundo. Mira en qué condiciones está… Y pensar que yo me bañé en él cuando sus aguas eran cristalinas…

Antes que llegara a su vida toda esta decepción, la profesora Lía pudo disfrutar la Maracaibo de mediados del siglo XX, teniendo como profesor en la Escuela Julio Árraga a quien fuera uno de sus mejores amigos: Jesús Soto. También tuvo la oportunidad de reencontrarse con Flor Enmanuel, con el pretexto de que le ayudara a organizar un desfile de mantas guajiras. Habían pasado siete años desde aquel episodio mágico de la infancia que las unió. Una conservada libreta de autógrafos ayudó a tejer un vínculo permanente entre ambas. “Ya no la veía tan alta”, dice sobre el nuevo encuentro con la princesa wayúu.

“No creo que Dios sea culpable de las cosas malas que pasan en esta tierra. Él es bueno y misericordioso. Siempre le inculqué eso a mi hijo Bernardo, para que tuviera fe en algo y creyera que algún día tendría una mejor condición”.

III

Tras media hora de entrevista, la profesora Lía hace un alto para atender a un artista plástico que quiere mostrarle su obra y exponer en alguna de las seis salas del CAMLB. Es algo común en su día a día. Me ofrece disculpas por la interrupción, no sin antes decirme que todos son bienvenidos en este recinto y tienen cabida en la programación anual, a pesar de la apretada agenda del Departamento de Museo –que tiene copado lo que resta del 2010-.

Ella es, sin duda, una de las figuras públicas más importantes del país en materia de artes plásticas. Sus esculturas, especialmente las de gran formato, engalanan diversos espacios públicos y privados. Podría suponer que desde siempre ha sido una persona sociable, extrovertida… Ella me corrige tras un par de preguntas. “Cuando era niña”, explica, “tenía miedo escénico por un problema en la encía. Era tímida”.

-¿Cómo se llamaba ese problema?

-Ay chico… No me acuerdo. Tengo la memoria malísima por la edad… No importa.

Lo que sí recuerda es que, por dicho defecto físico, tapaba la boca con su mano al hablar, o en el peor de los casos evitaba comunicarse. Eso sucedió hasta que sus padres, Carlos Raúl González Sánchez y Carmen Esther Ágreda de González, la enviaron donde un especialista y fue operada. Aún no había cumplido sus 15 años de edad.

Aunque la timidez desapareció, la profesora Lía admite ser hoy una persona poco sociable, a pesar de lo mucho que valora la amistad.

“No soy muy sociable –dice- porque no cumplo siempre con la gente que debo cumplir. Soy sociable aquí, en el centro de arte. Mucha gente viene a verme, y todos saben lo mucho que trabajo”.

Hay otra razón por la cual podría parecer poco sociable: la edad. En ocasiones, evita ir a los “Domingos Familiares” del CAMLB, ante la presencia de tanto público. “Hay un reconocimiento colectivo hacia mí en la calle, y cuando me ven acá, personas que no conozco se me acercan, me abrazan, me besan… Siento que me falta el aire en esos momentos”, admite.

Sin embargo, aprecia enormemente ese afecto anónimo, pero con modestia. “Hay personas que me dicen: ‘Usted hizo esto, aquello…’ ‘No teníamos nada, y ahora mire’… A todos ellos les aclaro que no es el trabajo de una sola persona, sino de un equipo…”.

Cree, en tal sentido, que el mejor regalo que pueden hacerle es una amistad sincera. Las de los extintos maestros Jesús Soto y Francisco Narváez han sido unas de las más importantes en su vida.

En este punto de la conversación, la profesora se muestra iluminada por una idea. Y espeta, de un solo tiro, la palabra “Supernumerarios”.

-¿Cómo?

-Dientes supernumerarios. Ese era el problema que tenía en la encía. Ya me acordé…

IV

La aguja del reloj había pasado la marca de las 4:00 de la tarde, y sentía a mi alrededor la presión invisible de que debía terminar pronto la entrevista, pues me encontraba conversando con una persona muy ocupada. La profesora Lía nunca me hizo ver eso, aunque fuera verdad. Al contrario, me convidó un suculento café negro, propicio para la hora.

Recordé en un momento dado que tal diálogo era posible gracias a un encuentro que ella tuvo con nuestra coordinadora editorial, Titi Romero Pantin, en un vuelo realizado el pasado 8 de mayo entre Maracaibo y Maiquetía. Allí, se comprometió a darnos la entrevista, y cumplió su palabra.

Ese fue el más reciente viaje de la profesora Lía a la capital, 24 horas antes del Día de las Madres. Aunque han pasado ya 62 años desde que se mudó a Maracaibo, conserva allá a buena parte de su familia, incluyendo a su preciado hijo, José Rafael, quien le ha dado nietos y bisnietos.

“Esas son mis vacaciones, cuando voy a Caracas. Dos o tres días allá. Nunca tengo tiempo libre. Ver a mi familia es mi descanso”, afirma.

En este punto, accedí a la tentación de preguntarle sobre Bernardo, su otro hijo, quien murió el 27 de septiembre del año pasado y fue en vida víctima de una parálisis cerebral que afectó sus destrezas motoras pero no le impidió ser un destacado artista plástico. Aún no sé si hice lo correcto.

-¿Cómo asume hoy la partida de Bernardo, a casi un año de aquel acontecimiento?

-Ay chico, eso es demasiado íntimo… Esos son pensamientos que uno tiene y no deben ser públicos, pues podemos ser juzgados por lo que digamos. El mayor dolor que hay es perder un hijo. La muerte de papá, mamá, mi hermana y mi esposo fueron horribles, pero nunca como la de Bernardo. Ese es el mayor dolor que se pueda sentir.

-Pero ya hoy la vemos un poco más restablecida…

-Claro, porque si no trabajo pienso demasiado. ¿Ves? Me distraigo trabajando. Trabajando hasta la hora que sea. Es una manera de apartarme de esos pensamientos.

Enseguida, la profesora Lía se levanta de la silla y hace una pausa, que yo necesitaba para dejar de sentirme apenado. Se acerca a su escritorio y toma de él un tríptico, que me regala junto con una sonrisa. En su tapa se leen las siglas “BAB” (Bernardo Antonio Bermúdez 1953-2009), acompañadas con una foto de Bernardo. En la contratapa está otra imagen, la de cuando le ordenaron Hermano Franciscano de la Tercera Orden en El Convento por voluntad propia -54 días antes de morir-.

Intento sacar la conversación del fango doloroso donde la introduje, con una pregunta poco profunda.

-¿Le gusta la lectura?

-Mucho, pero lo que más me ha gustado siempre es aprender. Ahora no tengo mucho tiempo para leer, pero cuando era joven leía de todo. Recuerdo que era muy curiosa y en mi casa no me dejaban leer la Biblia.

-¿Por qué?

-No lo sé. Eran otros tiempos.

-¿Pero la leyó?

-Sí. En ocasiones me sentí aterrada con esa lectura, pues decía por ejemplo que Dios había arrasado con una ciudad entera. Yo me preguntaba cómo eso había sido posible, si Dios no es malo.

-“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, dijo Jesucristo en la cruz. ¿Usted se ha mantenido firme en su fe católica?

-Sí. Mucho. Yo induje a Bernardo a que rezara y lo metí en un grupo de catequistas en la iglesia Claret. Llegó a saber más de la Biblia que yo.

-¿Alguna vez se ha sentido atraída por creencias más allá de la fe católica, como el zodíaco o la cábala?

-Nunca. Tampoco creo que Dios sea culpable de las cosas malas que pasan en esta tierra. Él es bueno y misericordioso. Siempre le inculqué eso a Bernardo, para que tuviera fe en algo y creyera que algún día tendría una mejor condición.

-Desde esta óptica, le pregunto: ¿Es feliz? ¿Qué la hace feliz?

-Ahorita nada…Lo que me hace sentir mejor es trabajar.

En este momento, vuelvo a sentirme apenado por haber hecho otra pregunta cuya respuesta le da un aire de imprudencia. La asistente de la profesora Lía logra distraernos de ese sinsabor, trayendo a la mesa de reuniones una montaña de cheques que debían ser firmados con carácter de urgencia.

Esa se convirtió en mi excusa para dar por terminada la tertulia, sin embargo, mi entrevistada no me dejó ir sin antes regalarme otro objeto de su escritorio: una carpeta con la propuesta del Museo Ecológico y Turístico del Lago de Maracaibo. Me encomienda difundirla por cualquier medio, y le doy un “sí” sin saber por ahora cómo cumplir tal propósito.

Son las 4:45 de la tarde, y me despido de ella con la intención de hacer de ésta una entrevista a la altura del personaje, a objeto de compensar mis imprudencias. Como el resultado es subjetivo -dependiendo de quien lea estas líneas-, creo que nunca sabré el resultado…

Entrevista realizada por Jairo Márquez Lugo para nuestra edición impresa:

No. 73

julio 2010.

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