EN ÍNTIMO CON Odessa Martínez Matheus

Nos reencontramos como cada año con el mes donde la protagonista es Mamá.
Durante 16 años, las páginas de nuestras revistas impresas @EntreSocios nos conectaban con la sensibilidad que solo una madre tendría la capacidad de transmitir sin mezquindad alguna a pesar de los tantos roles que en su haber posea.
En el mes de mayo del año 2009 nuestra sección En Íntimo con… tuvo como invitada a la dra. Odessa Martínez.
Recordemos esta agradable entrevista realizada en los espacios de su hogar bajo la pluma de Jairo Márquez Lugo.
Un poeta amigo de su papá José Trinidad Martínez, apodado “El veneno Araujo”, fue quien eligió su nombre y el de su hermana, el cual pertenece a una ciudad de Ucrania.
A comienzos del siglo XX, Odessa llegó a ser la cuarta ciudad del imperio ruso. Ciudad puerto del Mar Negro. La quinta mayor ciudad de Ucrania. La perla del mar negro.
Nuestra invitada es la mayor de cuatro hijos. Le siguen Karelia, José Trinidad y Fernando. Todos nacieron en Maracaibo, en el hospital Chiquinquirá. Para ese momento, su papá era jefe del servicio de Ginecología y Obstetricia de ese centro de salud.
Odessa nació un 13 de julio bajo el signo Cáncer. Muy típica canceriana. Se define a sí misma como una mujer que siempre fue tímida y retraída desde su niñez, aunque también reservada, maternal y hogareña. “Siento un amor intenso hacia toda mi familia, especialmente hacia mis hijos. Tengo rasgos de adicción hacia mi familia”. Siempre he sido madre y médico, pero poco mujer de sociedad, de amistades, de salidas.
Sus padres:
José Trinidad Martínez, apodado el “Negro” Martínez, uno de los ginecobstetras invaluables de Venezuela, reconocido como Maestro Latinoamericano de la Ginecología y Obstetricia. Entre sus distinciones se cuentan el Doctorado Honoris Causa por parte de LUZ. Es muy científico pero tiene una parte bohemia, y por ello ha cultivado amistades bohemias. Para el momento de la entrevista, tenía 66 años de graduado, 85 de vida y seguía ejerciendo: Una persona fuera de serie.
Alicia Matheus de Martínez. Una gran mujer siempre dedicada a su familia, hermosa por fuera y por dentro. Nos ha dado la unión que nos caracteriza.
Niñez
Los primeros cinco años de su infancia los vivió en una casa ubicada en el callejón San Pedro, en la esquina de la avenida 13A con calle 80, llamada “Odekare” en su honor y el de su hermana. Allí vivían en condiciones humildes junto a la familia de su padre. ¡Vivíamos todos allí. Dormíamos en hamacas!
Luego, su padre compró un terreno en lo que es hoy la urbanización La Estrella, para erigir la segunda casa de la zona. Todo lo hizo junto a Sixto Márquez, su padrino y gran amigo de su padre desde la infancia de ambos. La casa ha experimentado varias remodelaciones y tiene más de 50 años con la familia. Entre una y otra casa vivieron en un apartamento.
Del Mérici al Instituto Cervantes
Su primaria la estudió en la Academia Mérici, de las hermanas Ursulinas, donde demostró sus rasgos de timidez y aprendió a tener buena letra y ortografía, a hablar inglés, a ser correcta, limpia y educada. Al llegar al bachillerato, su padre decide cambiarla al Instituto Cervantes para que también estudiase con varones, lo cual, a pesar del intento, no cambió su temperamento introvertido y retraído. Muy callada. “Para mí fue un shock, pero luego lo superé. Seguí siendo tímida hasta en la universidad. Mucha gente pensó que era antipática o altiva, y me sigue pasando”. Continúa: “Tengo muy pocas amistades. De aquella época de bachillerato sólo me quedó una amiga, Zulay Rincón”.
Comenzó a estudiar medicina a los 16 años y recibió su título de Médico Cirujano a los 23 años de edad, en 1.974. Ingresó como médico suplente al Hospital Chiquinquirá, paralelamente al internado. Luego fue médico residente y quedó como profesora de LUZ. Siempre fue una persona entregada a los estudios, monofacética, poco dada al ámbito social, a las salidas y las fiestas. Muy cultivada al intelecto.
“He cambiado. Antes, para dar entrevistas era un problema”.
En el año 2009 tenía ya 35 años de graduada, con postgrado en Ginecología y Obstetricia en LUZ y un título de Doctora en Ciencias Médicas.
Realizó varios cursos profesionales dentro y fuera del país, especialmente en materia de ultrasonido.
¿Por qué eligió la misma carrera?
Mucha gente no acierta en su verdadera vocación cuando eligen su carrera profesional. A esa edad tenía 15 años, era una niña y además tímida. No creo que la medicina no corría tanto por mis venas; lo que veía era cómo surgía mi papá y cómo lo admiraban. Hoy por hoy ratifico que fui elegida para ser médico. Nací para esto. Soy feliz al hacerlo.
Siempre es difícil ser la hija de un padre famoso, y más cuando tú escoges como carrera profesional la misma de él; para distinguirme, a veces no es sólo esforzarse más. No es fácil. Por mucho tiempo me conocieron sólo por ser la hija de él. Ahora no, y cada vez me va mejor desde el punto de vista profesional.
Dos matrimonios, dos hijos.
Casada y divorciada en ambas uniones. No resultaron. Yo también tengo mi culpa después de haberlo analizado todo, pues siempre tuve más apego a lo profesional. Al divorciarme tuve mucho apego a mis hijos. Del primer matrimonio nació Miguel Ángel Marín Martínez, músico de la agrupación Tecupae, quien es médico de profesión y está casado con María Margarita París de Marín, con quien tuvo a su pequeña Natalia. “Dios me premió con ella. Además de la salud, ese es el mejor regalo que me ha dado Dios”, dice.
De su segundo matrimonio nació José Ignacio Pérez Martínez, ex cantante de la agrupación Bacanos.
No es fácil ser la madre de dos artistas. Miguel fue el mejor promedio del Liceo Los Robles durante todos sus estudios, con 19,90 puntos. Fue el tercer mejor promedio de medicina.
Cuando me dijo que iba a ser artista, me iba a dar una taquicardia, y una vez me sentó y me dijo cuando tenía 22 años: “No voy a ser como tú. Yo sé que yo puedo con esto”. Y me lo demostró. “Entiende que cuando yo tenga 40 voy a estar como los de esa edad, pero ahorita déjame disfrutar mi vida”. Y yo seguía con mis angustias, pero después dije: “Ay Dios mío, si este está más claro que yo”.
“Uno viene a esta vida a ser feliz, no a hacer lo que los demás quieren”.
Todos no tenemos que ser médicos. Por ello apoyo a mis hijos, porque tienen calidad.
Hay un antes y después.
Para el 2009 tenía cuatro años de haber sido diagnosticado con cáncer de mama, y siente que, tras haber recibido el don de la curación, ha vuelto a nacer. Interpreta este hecho como un mensaje de Dios para “acomodar” ciertos aspectos de su vida.
En los médicos se aplica lo de “En casa de herrero, cuchillo de palo”.
”Uno no se puede amilanar por las enfermedades porque son designios de Dios. Son mensajes que nos da Dios para acomodar cosas que a lo mejor no están correctas.
El diagnóstico lo conoció en septiembre de 2005 cuando a Miguel le faltaba sólo un mes para casarse. “Fui recién operada a su boda, con un dren puesto“. Me extirparon la tumoración y le hicieron un vaciamiento.
Tenía mucho tiempo sin chequearse, aún teniendo un equipo de ultrasonido en su consultorio, y lo hizo tras acompañar a una paciente al consultorio del doctor Diomar Flores, en la Policlínica Maracaibo, que quería hacerse una reconstrucción plástica e insistía en que yo debía hacer lo mismo.
“Me había olvidado de mí, me sintieron una pelotita, y allí comenzó todo”.
Su médico tratante fue Gazam Makarem
Poco después de recibir esta noticia, comenzó a asistir a la consulta de Hercilia Berroeta, psicoterapeuta a quien considera hoy su amiga, quien le dijo que, en ocasiones, se enfermaba el alma y ello lo reflejaba el cuerpo. “Siempre me he sentido muy mujer, pero asumí roles que no me correspondían al levantar a mi familia”.
Considera que fue “La mano de Dios” quien la curó. No por casualidad, esta frase se lee a la entrada de la casa.
Le hicieron ocho quimioterapias y 36 radioterapias en Caracas. perdió su cabello. “Fue muy duro, pero nada que no pudiera superar“.
Me preguntaba cómo iba a sacar adelante a mis hijos, y la psicoterapeuta me dijo que soy una mujer próspera.
Para esa época, uno de sus libros de cabecera fue “Amor, medicina y milagro”, de un oncólogo de nombre Bernie Siegel, recomendado por Vladimir Gil, instructor de hatha yoga en el Instituto Karuna. Con este último aprendió la práctica de yoga. En ese libro, el autor analizaba por qué algunos pacientes con los mismos diagnósticos de cáncer se curan y otros no. Llegó a la conclusión de que había pacientes excepcionales. Vladimir me dijo que yo lo era.
Para mí, ahora estoy mejor que antes, en mi interior. Nunca pregunté por qué a mí sino qué pasó, desde el punto de vista científico.
Me dedique de lleno a mi profesión y a la crianza de mis hijos. No fumo ni bebo, soy una persona delgada.
“Cultivo mucho mi espíritu desde que me enfermé”.
Estuve en un Taller en Caracas de “Psiconeuroinmunología”, de Marianela Castés, Hay una relación entre sistema inmunológico, sistema endocrino y cáncer. El sistema inmunológico se deprime en los casos de estrés crónico y angustia, lo cual hace que el sistema endocrino aumente el cortisol y deprima la parte inmunológica, te invaden los virus y bacterias. Tiene técnicas de visualización, y me informé mucho. Sigo siendo científica, por ser mi área, pero dentro de mí se produjo un cambio y siento que me ha ido mejor. Ahora a los pacientes los veo desde una perspectiva holística. Y cada vez me va mejor.
“Muchos médicos no creen en esto”.
Al año de mi enfermedad no pude dormir y lloraba recordando la película de todo lo que me había pasado. Tengo a un Jesús de la Misericordia al que le pregunté qué hacía con mi vida: Me mudé para la casa, vendí mi apartamento y pude comprar el aparato de ultrasonido. Trabajo mucho en infertilidad, y ahora tengo la posibilidad de dar diagnósticos impresionantes. Ese fue el aviso de Dios para que continúe adelante. Mi gran salto profesional ha sido a partir de allí. “Uno se hace un mejor médico cuando comprende que mente y cuerpo no están divididos, a veces la enfermedad es una forma de llamar la atención del cuerpo”.
Cuando me divorcié por segunda vez, me dije: algo pasa. Una psiquiatra me pregunta si alguna vez había visto un amanecer o un atardecer, y le dije no, nunca. ¿Te has metido en el mar? No. Mi papá decía que las playas eran para las matas de coco, pero después de viejo le gustó.
Nunca me había puesto un traje de baño, y lo hice después de la enfermedad. No sabía nadar, y tuve que meterme en la academia Van Balen.
No espero: vivo el presente. Yo un día estaba bien, un miércoles, y al viernes siguiente estaba en el quirófano. Eso me enseñó a valorar lo que uno tiene en el momento.
Nos sonríe diciendo: Por ejemplo, este momento con ustedes ha sido para mí muy satisfactorio.
Aprendí también que lo que pasó quedó atrás y lo olvidé. Veo al pasado como algo que me hizo bien.
Entrevista editada de la original hoy 4 de mayo.
Han pasado 12 años de esta maravillosa entrevista.
