Astrid Schäfer: fundadora del Grupo Fina

Con tres divorcios, tres hijos y siete nietos, esta distinguida mujer de la sociedad marabina ha sabido salir adelante como empresaria gracias al respaldo de su familia. Detrás de su nombre y apariencia germana se encuentra una venezolana muy espontánea, capaz de vivir sin rencores ni «rollos» mentales. Su papá fue chef personal de Juan Vicente Gómez y quien le enseñó a emprender. De joven esquiaba descalza en el Lago de Valencia, y aunque es caraqueña de nacimiento siente gran arraigo hacia Maracaibo.
«Si todas las mujeres fueran como yo,
otro gallo cantaría»
Texto; Jairo Marquez Lugo.
Produccion: Titi Romero Pantin.
Fotos: Eugenio Duarte.
Una mujer correcta, espontánea, muy buena en matemáticas, emprendedora, opuesta al clasismo y, sobre todo, muy venezolana. Así se define Johanna Astrid Schäfer Hopf –mejor conocida como Astrid Schäfer–, fundadora del Grupo Fina y una de las damas más importantes de nuestra sociedad.
«Si todas las mujeres fueran como yo en Venezuela, que le pueden dar trabajo a 100 personas, otro gallo cantaría en el mundo, y eso que sólo tengo bachillerato», asegura nuestra invitada para la sección En Íntimo. Entrar en su casa es casi como hacerlo en Fein Kaffee, mezcla de ladrillos rojos, madera antigua, obras de arte y un sinfín de detalles que develan la influencia de la cultura alemana y venezolana en su ser.
Sus tres hijos y siete nietos son su mayor tesoro. Son estos últimos quienes más permanecen en su hogar, jugando con las mascotas –una tortuga, dos conejos, un gato y un perro–, haciendo «pijamadas» o siendo consentidos por la abuela y los empleados. Nos honra comenzar el año con ella: ello asegura que seguiremos proporcionando buen material de lectura para nuestra audiencia.
De «Hansito» a las morochas
Fue su papá el primero de la familia paterna en pisar suelo venezolano. Johann Schäfer era oriundo de Munich y atendió el llamado del presidente Juan Vicente Gómez para integrar el grupo de alemanes que trabajaría en diferentes dependencias gubernamentales, considerando la vocación germanófila del ex dictador.
Gómez quería que, a diferencia de los inmigrantes alemanes que poblaron la Colonia Tovar en el siglo XIX, éstos fueran católicos y tuvieran cabello y ojos oscuros, con el propósito de que se adaptaran mejor a nuestro país. Todos los que llegaron, esa vez, eran gastrónomos. Mi papá estudió cocina en Bruselas y fue el chef personal de Gómez en Maracay, hasta que una de sus hijas se enamoró de él y lo despidieron. Papá era más bello que Rock Hudson, de verdad, y mi hermano mayor también… Ese iba al (Club) Náutico y las chicas se babeaban…», señala.
Fuera del gobierno, «Hansito» –como le decían a don Schäfer– fue a trabajar con la naciente industria petrolera del país, manejando los comedores y economatos desde Cariquito. Puso a valer la experiencia adquirida en compañías cerveceras de su tierra natal.

Para esa época don Johann Schäfer se había casado con Karahilda Hopf Andrade Santamaría, una bogotana que también tenía raíces germánicas. Era una mujer «poliglota, taquigrafa, mecanógrafa y muy culta»; según su hija. Su primer embarazo terminó casi en tragedia, pues solo adquirió una enfermedad que sólo pudo ser curada en el Instituto de Medicina Tropical de Alemania. En plena gravidez viajó en barco a Europa, sin que la tripulación se atreviera a sacarla a cubierta, y con una barriga “mas grande que ella”. Por fortuna, madre y niño se salvaron, fue así como llegó al mundo el pequeño Johann Herman.
De regreso a nuestro país, la familia es víctima de la discriminacion y acoso hacia los alemanes por parte del Gobierno Venezolano durante la II Guerra Mundial. El hombre de la casa logró mantener a flote la situación, por ser un trabajador insigne. Entre todos lograron salvar la casa que poseían en la urbanización La Florida, en Caracas,llamada «amor, bondad y cariño» -que aún sigue en pie-.
Al término del conflicto bélico, Johann Schäfer funda “Munich’, la primera cervecería de Caracas, a donde llegaban personajes de la talla del ex presidente Isaías Medina Angarita. Para esa época, nació Juan Francisco Alfonso, el segundo de sus hijos. Poco tiempo después, estableció «Embutidos Schäfer», la primera fábrica en su ramo del país, que puso en boga los famosos chefitos (Perros Calientes vendido a medio, real y bolívar durante la década de los ‘50 y 60’). También fundó las primeras carnicerías y se encargó de manejar el negocio de la carne.

Un nuevo embarazo entusiasmó a la familia, esta vez de morochas. El 9 de agosto de 1942 nacieron Astrid y su hermana Anabella, en Caracas. Posteriormente llegaron María de los Angeles- quien murió poco después del parto-, Carlos, Johann y Hansi. Este último es fruto de una relación extramarital, pero aceptado por todos como un «medio hermano».
Aunque no cree mucho en el horóscopo, Astrid sentencia que es de un signo «arr…»:Leo. Su educación inicial la recibió en Barbados, donde la enviaron a estudiar con las monjas ursulinas. Ni ésta ni la educación que recibió luego en España le sirvieron para ser reconocida como bachiller en Venezuela. «Yo quería ser médico…», confiesa. «Eso era de ‘cajón’. Pero no me dejaron entrar ni a la escuela de Enfermería. Mi mamá quiso conseguirme trabajo, y mi papá me dijo: ‘Mis hijos nunca trabajarán para nadie. Nunca. Fue así como comencé a trabajar con él en la fábrica de embutidos».
Atribuye a su primera experiencia laboral el hecho de que en su vocabulario existían varias palabras que se consideran «vulgares», pues debía lidiar directamente con los proveedores, entre ellos los carniceros que transportaban la carne. «Esos sí eran personajes arr… Uno tenía que luchar mucho con ellos», rememora.
Tilda de «muy feliz» aquella época. Era común ver a la familia acampando en Higuerote o Choroní. Astrid fue campeona esquiando en el Lago de Valencia, incluso descalza.
«Hacíamos muchas fiestas y bailes», comenta. «Fuimos a discotecas y hasta nos podríamos tomar un ‘roncito’, no como ahora».
Tres matrimonios, tres divorcios
Poco después de cumplir dos décadas de vida, Astrid cedió a los encantos del pintor Rubén Márquez y le dio el sí quiero. Fueron suficientes solo tres años para darse cuenta de que habia tomado, a su juicio, la mala decisión de casarse con él. «Ciertamente era muy culto, un artista con no sé cuántos premios, pero también una persona controversial, muy problemática desde el punto de vista mental. Con él pase las ‘de caín’’’, confiesa.
El mayor dolor de cabeza de su matrimonio ocurrió cuando el marido decidió llevarse a París a Mónica, la única hija que concibieron.

La pequeña sólo tenía tres años en ese momento. «Me quitó bajo amenaza todo los derechos sobre ella. Un año después me fui a Francia a buscarla junto a mi hermano. Ella me dijo: ‘Con un papá tan feo y que siempre está bravo conmigo, no quiero vivir más’. Y hasta el sol de hoy…”
Tiempo después, Astrid decide probar suerte de nuevo en el amor, esta vez con Luis Mogollón, un empleado de la empresa familiar. Con él se casa y concibe a Judith y Alejandro.Todo marchó aparentemente bien, hasta que su esposo le propuso mudarse a Maracaibo, asunto que concretaron en febrero de 1974.
«A través de la empleada de la casa y un detective que contraté leyendo los avisos de Panorama, descubrí que Luis se ausentaba con frecuencia de la casa para continuar un romance que había dejado en Caracas. Vivía pegado al teléfono con su amante. Ya descubierto, no tuvo más remedio que admitir la relación. Él hizo el intento de acabar con esa relación mudandonos a Maracaibo, pero no pudo.Pero aun, confesó que se había casado conmigo por ser la hija del dueño de la empresa. No fue sincero desde el principio”, señala nuestra invitada sin inmutarse.
Antes de tal cataclismo, ella había fundado Super Fina con su esposo, en la cuadra de siempre. El divorcio no impidió que se quedara con la compañía y la hiciera próspera, hasta convertirla en lo que es hoy. El de ese momento fue un alivio por partida doble, pues llegó la separación y su nuevo ex esposo regresó a Caracas. Pero por “mala suerte”, como ella misma dice, conoció en aquella época a quien fue su tercer y último marido: Hugo Figueroa Brett.
“Los momentos terribles y desagradables que pasé me llevaron a concluir que sólo los hombres que han sido felices en su niñez pueden ser buenos padres y esposos. Quienes fueron muy maltratados y vejados por sus padres nunca son felices, como sucedió con mis tres maridos. El hombre no es como la mujer, que perdona y olvida”, sentencia.
Figueroa Brett fue pieza clave para la recuperación de Súper Fina, luego de la explosión accidental ocurrida en 1985 por acumulación de gases. Las obras de remodelación incluyeron el espacio que alberga hoy Fein Kaffee. Al término de los trabajos, el decidió marcharse de su casa para, según Astrid, marcharse con una mujer casada. Dos elementos explosivos ya habían detonado la relación: alcohol y agresividad.
«Después de eso no quise enredarme más la vida. Dios me dio la gracia de tener tres hijos hermosos y sanos y siete nietos. ¿Ver…, que más quiero? además, tengo amigos que ni te cuento… La poca familia que me queda es muy bonita», dice la entrevistada.

Sin «rollos» mentales
Ciertamente, la vida de Astrid Schäfer no ha sido nada fácil. Sin embargo, se siente exitosa desde el punto de vista personal y profesional. Parte de su triunfo lo atribuye a las lecciones de su papá, quien al igual que a sus hermanos le enseño a hacer independiente. “Mis hijos”, concluye, “Me han dado la fortaleza para seguir adelante. No les he inculcado rencor y tampoco soy rencorosa. No tengo P (rollos mentales). No he hecho mal y ayudo a todo el que puedo. Hya muchas personas que han salido con las pata pa’ arriba, pero eso es problema de ellos…”
Publicado en la revista impresa EntreSocios (Edición No.67)
