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Guardianes de la pista: la historia viva detrás del Rollertec

Elio Tulio Ríos · 11 dic 2025

Guardianes de la pista: la historia viva detrás del Rollertec

Maracaibo, 10:00 de la mañana. Un brillante sol decembrino ilumina la fachada gris del Rollertec, esa estructura que ha sobrevivido a todas las versiones posibles de esta ciudad. Adentro, todavía vacío, huele a madera pulida, a nostalgia y a cables que se encienden para preparar la noche. Patricia cruza el pasillo con la rapidez de quien pertenece a un lugar más que a cualquier otra parte del mundo. José la sigue unos pasos detrás, con su caminar enérgico de abogado que aprendió a dirigir un club para familias sin perder su propio lado lúdico.

Vengo a entrevistarlos, pero desde el primer minuto siento que realmente vengo a presenciar cómo dos personas sostienen un espacio que, de alguna manera, también los sostiene a ellos.

Un lugar que revive cuando ellos hablan de él

“Rollertec es un concepto familiar de desarrollo familiar”, me dice José Ignacio Baptista, dueño del club y responsable de que, hace 10 años, la pausa operativa de la primera gestión no fuera el final de esta historia.

Lo dice sentado en una mesa que seguramente ha sido testigo de cientos de conversaciones —unas administrativas, otras sentimentales— desde aquel día en que llamó a los antiguos propietarios, la familia García Quevedo, para alquilar el viejo local. “No lo estamos alquilando”, le dijeron. “Te lo vendemos.” Él solo quería el nombre y terminó con todo el paquete.

A su lado, Patricia Bracho, gerente de mercadeo, asiente. Ella estuvo aquí antes que todos: desde los 16 años, cuando salía del colegio, se bañaba rápido, se vestía y venía a trabajar porque el novio de su hermana —sobrino de los antiguos dueños— le había conseguido un puesto. Nunca imaginó que ese primer trabajo definiría su vida entera.

“Mi adolescencia está aquí. Mis novios, mis amigos, mis historias… todo lo aprendí en el Rollertec”, dice sonriendo.

La segunda vida del Rollertec

Mientras conversamos, pienso en lo que ambos repiten de distintas maneras. Rollertec no volvió por un plan estratégico; volvió porque había gente que no estaba lista para que muriera.

José recuerda cómo vendieron 800 afiliaciones al inicio de la nueva etapa. “Nos dimos cuenta de que Maracaibo necesitaba un espacio donde la familia se integrara”, cuenta. Por eso crearon la primera discoteca para menores, implementaron guardería nocturna y rescataron la pista original, la única de madera y bajo techo en el país.

“En cualquier reparación que hemos realizado siempre le digo a los trabajadores ‘quítame el techo, pero no toquen la pista’”, dice José como si fuese un mantra. La toca con los dedos como quien confirma que sigue ahí.

Patricia complementa su relato con la naturalidad de quien conoce cada tornillo del lugar. “Aquí la gente se hace familia. Y a veces eso es bueno y a veces es un desafío… porque corregir a la familia nunca es fácil”. Y lo dice porque ella es, sin pretenderlo, una figura materna para cientos de jóvenes que la llaman “mami”, “tía”, “doña” o “vieja” según el nivel de confianza.

El desafío de dirigir un espacio que te adoptó

Al preguntarle a José cuál ha sido el aprendizaje emocional más fuerte de estos 20 años, responde sin dudarlo. “Perder a mi hermano”. Era su socio, su amigo, su referencia callejera y rolera. “Si había dos personas fundamentales aquí eran Patricia y Carlitos.” La ausencia se siente incluso en la manera en que lo nombra.

Patricia baja la mirada. Lo confirma sin palabras. Y es ahí cuando entiendo: no es un negocio. Es su biografía compartida.

Un ecosistema propio

El Rollertec es una cápsula urbana con su propia lógica. Tiene un área lounge para adultos, un menú que evoluciona según las operaciones del club, una pista que sigue siendo protagonista y una programación activa que va desde torneos de mesa hasta noches de karaoke, transmisiones deportivas y actividades culinarias para los más pequeños.

“Adaptarnos a los cambios digitales ha sido un reto”, dice Patricia con respecto a la jocosa presencia activa con videos en las redes sociales. Ella se considera de la vieja escuela. Aún cree más en una llamada que en un post. “Pero hay que estar presentes. Aunque lo más importante sigue siendo cómo te sientes cuando vienes.” Y es que la experiencia y atención en cada una de las áreas del Rollertec sigue marcando la diferencia.

José, por su parte, no soporta hablar con aplicaciones. “Prefiero una persona. No queremos perder ese contacto humano”, afirma. Y probablemente esa es la clave de su permanencia.

El Roller como casa… y como mundo

En un momento de la conversación, Patricia suelta una confesión que me hace entender el nivel de arraigo: “Yo aquí me pinto el pelo, me arreglan las uñas, me cambio, me refugio… Esta es mi casa.”

José también lo siente así. “El día que me canse de venir, no vengo más. Yo no voy a ningún otro lugar. Cuando me vean fuera de aquí, van a decir: ‘¿Cómo estará el Roller que Batista está aquí?’”. Nos reímos, pero es cierto: este lugar los define.

Mantenerse vigente para generaciones que cambian rápido

Le pregunto a Patricia cómo hace para que los jóvenes no vean el Rollertec como algo del pasado. “Yo me mantengo vigente porque los chamos son mis amigos”, dice riéndose. Y es verdad: mientras conversamos, cada tanto aparece un adolescente saludándola con confianza total. Ella los escucha, los orienta, los protege sin invadirlos. Para ellos, es una adulta joven que habla su idioma.

Esa cercanía es su brújula para adaptar la música, la estética, la vibra del lugar. Aquí suenan desde los clásicos de Wham! —favoritos de José— hasta reggaetón, vallenato o guaracha, según la noche. “Aquí se atiende a todos”, dice él.

El futuro: crecer sin perder lo esencial

Cuando le pregunto a José cómo ve el Rollertec en 10 años, se le iluminan los ojos. “Nos gustaría internacionalizar. Tener un Roller en diferentes partes del mundo. No franquicias… socios operacionales. Extender el concepto.”

También sueña con un hotel pequeño, boutique, con el Roller como corazón. Pero mientras no haya espacio para crecer hacia afuera, crecerán hacia adentro. Lo dice sin perder el apego por lo esencial: la pista, la familia, la historia…

Patricia, en cambio, mira hacia atrás cuando le pregunto qué le diría a su yo de hace 20 años. “Que lo hiciera igualito”, dice. “Aunque quizás… sería la dueña”. Ríe. José ríe. Yo también.

Rollertec: un lugar que se mantiene vivo porque ellos siguen aquí

Cuando cae la tarde y los primeros niños entran con sus patines, entiendo por qué el Roller no se ha agotado como tantos otros espacios emblemáticos de la ciudad.

Porque tiene guardianes, porque tiene memoria, porque Patricia y José lo sostienen con la mezcla exacta de honestidad, nostalgia, trabajo y cariño.

Lo digo sin exagerar: Rollertec existe porque ellos existen aquí. Y mientras ellos sigan entrando a las tres de la tarde y saliendo a las tres de la mañana, este lugar seguirá siendo una casa —y una pista— para Maracaibo.

Publicado en la revista impresa EntreSocios (Edición 177)

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