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María Andreina Villasmil: el eco inagotable de una sonrisa

Texto y Fotos: Elio Tulio Ríos · 8 nov 2026

María Andreina Villasmil: el eco inagotable de una sonrisa

La tarde marabina se cuela por las ventanas de su casa, un espacio impecable que ella misma define como su mayor refugio y santuario. 

Sentarse a conversar con María Andreina Villasmil es dejarse envolver, casi de inmediato, por un torbellino de buena energía y autenticidad desbordante. 

Mientras la plática fluye, su teléfono repica de manera incesante; pero, lejos de ser una interrupción molesta, cada notificación suena con un tono alegre que parece la extensión natural de su propia risa. Para ella, esta vibración constante no representa estrés, sino el anuncio de alguien que busca un consejo, una mano amiga o, simplemente, contagiarse de su vitalidad. Es una ventana siempre abierta, una oportunidad inagotable para conectar con las personas y servir.

Para el registro civil es María Andreina Villasmil Villasmil, la menor de siete hermanos y orgullosa portadora del número siete como su amuleto de vida. Para su familia siempre será «Mary» o parte de los «tucusos», apodo de cuna cargado de afecto y carente de pretensiones. Sin embargo, cuando cruza las puertas del Club Náutico de Maracaibo, su identidad se transforma en un legado vivo: ella es «tía Mary».

Y es que desde hace 25 años, “Tia Mary” forma parte del plan vacacional de este club, actividad recreativa que año tras año se ha convertido en lienzo y su gran proyecto de vida. Cuenta que etiquetas como «teacher» o «profesora» marcaban demasiada distancia; ella prefería ser «tía» para inspirar confianza, convertirse en confidente y ser familia de cientos de niños, materializando así su vocación infantil. De pequeña, aseguraba con firmeza que se convertiría en médico pediatra «de corazón» para cuidar a los más jóvenes, un instinto que terminó canalizando a través del servicio, la recreación y el amor incondicional.

Raíces, independencia y el valor del trabajo

Ese espíritu proactivo despertó muy temprano. A los 15 años, en la búsqueda de su independencia económica para no representar una carga en su hogar, comenzó a preparar postres y galletas, para luego fundar su propio grupo de payasitas animadoras llamado «Chispas». 

Lo que inició como un pequeño proyecto entre tres amigas creció hasta convertirse en una compañía de animación que llegó a coordinar a decenas de muchachas, con el fin de entretener a los pequeños en fiestas, restaurantes o eventos corporativos. Esta determinación forjó su carácter, moldeado por profundas vivencias familiares. 

Tras la dolorosa pérdida de su padre cuando ella tenía apenas 14 años, la figura materna se erigió como su gran pilar. Vio a su madre enfrentar la viudez y sacar adelante a su numerosa familia, un ejemplo de entereza que «tía Mary» lleva tatuado en el alma.   

De los números al alma humana

María Andreina es una mujer de contrastes fascinantes. Licenciada en Administración de Empresas, egresada de la quinta promoción de URBE, confiesa entre risas que en su época universitaria huía de la lectura, pues se percibía a sí misma como una persona estrictamente numérica. 

Aunque inicialmente fue admitida en la Universidad Católica en Caracas para estudiar Relaciones Industriales, el destino la retuvo en Maracaibo y la vida la guió por la senda de los números.

Sin embargo, su verdadera pasión siempre fue el comportamiento humano. Decidió reinventarse por completo: estudió Psicología Positiva, se formó como Coach, Mentora en Inteligencia Vibracional y Máster en Programación Neurolingüística (PNL). 

Hoy, aquella joven que esquivaba los libros es una ávida lectora que devora textos de crecimiento personal para afilar sus herramientas, dedicada a transformar el recurso humano tanto de grandes corporaciones como de particulares.

El refugio, el yin y el yang

Detrás de la mujer inagotable está su compañero de vida: Luis. Su historia de amor es de aquellas que desafían el paso del tiempo. Lo conoció a los 12 años, ya que él estudiaba con su hermano mayor, y pronto se convirtió en su amor platónico. Hoy suman 34 años de historia juntos y 28 de matrimonio, celebrado por la iglesia en enero de 1998.

Al hablar de su relación, queda claro que son el yin y el yang perfectos. Trabajan juntos bajo reglas claras para no mezclar el ámbito profesional con el personal, logrando un balance donde la serenidad de él equilibra a la mujer que, con gracia, se describe a sí misma como una energía que «no para». Ese nido ha dado frutos que la llenan de un orgullo superlativo: sus dos hijos ingenieros. Tomás Eduardo, el menor, construye su futuro en Chile, mientras que Luife, el mayor, no sólo comparte con ella el calor del hogar en Maracaibo, sino que se ha convertido en su dupla inseparable en las canchas de pickleball del Maracaibo Raquet Club, bajo la imponente vista de la Vereda del Lago.

La competidora: «o gano o aprendo»

El deporte es su idioma. Jugó tenis de manera apasionada desde los 6 hasta los 14 años, así como en otras disciplinas como basket, voleibol y atletismo, deportes que la llevaron a participar en múltiples torneos regionales y nacionales. Pero hace tres años descubrió una nueva obsesión: el pickleball. 

Aunque recuerda con nostalgia aquellos primeros días en los que marcaban una cancha con tirro para poder jugar, hoy compite a nivel internacional y dicta clases junto a su hijo.

A pesar de advertir que es ferozmente competitiva en la cancha, no le teme a los reveses. Su filosofía ante la vida y el deporte es inquebrantable: «en la vida se gana o se aprende. Y si aprendes, también estás ganando». Si un partido —o un mal día— no sale como espera, analiza sus fallas, absorbe la lección y vuelve a la carga con renovada fuerza.

Inspiración constante

Esa misma premisa de resiliencia la aplica lejos de la red. María Andreina es una mujer que, por convicción, ha borrado la queja de su vocabulario. Si falla la electricidad, hay problemas con el calor o el entorno se complica, su respuesta inmediata no es el lamento, sino la fortaleza mental para enfocar su atención en las soluciones. Considera que todo obstáculo se puede transformar mediante la gratitud. Gran parte de esta paz interior proviene de una fe absoluta; mantiene un diálogo constante con Dios y con su ángel de la guarda, a quien llama con total familiaridad «Charlie».

La tarde cae y la conversación concluye, pero la energía en la sala sigue vibrando alto. El teléfono vuelve a repicar con ese sonido alegre y familiar. Ella lo mira, suelta una carcajada genuina que ilumina toda la habitación y se prepara para contestar. Y es que «Tía Mary» es exactamente eso: una inspiración constante. Es la prueba fehaciente de que la edad es apenas un dato cronológico, de que la actitud con la que decides ver la vida lo transforma todo, y de que una sonrisa sincera tiene el poder absoluto de sanar y conectar corazones.

Publicado en la revista impresa EntreSocios (Edición 181)

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