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“Si vuelvo a nacer, quiero que mi historia sea la misma”

Jairo Márquez Lugo · 17 sep 2025

“Si vuelvo a nacer, quiero que mi historia sea la misma”

Doctor José Trinidad Martínez:

Este Maestro Latinoamericano de la Ginecología y Obstetricia tiene 63 años de ejercicio profesional, durante los cuales ha traído al mundo más de 11 mil niños. Acaba de cumplir 85 años de edad y seguirá activo mientras sus capacidades físicas y mentales se lo permitan. ¿Su secreto? Buena alimentación, ejercicios y prevención de enfermedades infecciosas.

Crédito Producción: Titi Romero Pantin / Textos: Jairo Márquez Lugo / Fotos: Eugenio Duarte

En octubre de 1945, un joven estudiante de Medicina llamado José Trinidad Martínez Pedraja atendió en el Hospital Vargas de Caracas su primer parto. A la fecha, este prolífico hombre no sólo sigue ejerciendo su profesión, sino que ha perdido la cuenta exacta de cuántas personas ha traído al mundo. Quizá sean unas 11 mil –calcula-, suficientes para poblar un pequeño territorio. Asombroso.

“Lo mío siempre fue la Medicina, desde niño. Yo era quien curaba a mis amigos cuando se caían. Mi papá me ayudó a estudiar en la universidad y tuve que hacer los seis años de carrera entre Mérida y Caracas, pues en Maracaibo no se ofrecía. Durante el tercer año, lo único que veía era pura muerte y dolor en el hospital… Esa era la medicina. Pero cuando atendí mi primer parto vi un rostro nuevo, y me dije: ‘Ésta es la vida’. Desde entonces, me incliné por la Ginecología y Obstetricia sin imaginar que era una rama tan difícil, pues el tema de la reproducción humana es complejo”, admite luego de 63 años de ejercicio profesional.

En el 2009, EntreSocios tuvo la dicha de entrevistar a una de sus hijas, Odessa Martínez –quien tiene su misma profesión-, con motivo del mes de las madres; este año nos enorgullece tener al pionero de tan importante familia marabina justo a un mes de la misma celebración. Ambos nos han dado la satisfacción de tenerlos para la sección En Íntimo y de conocerlos a profundidad.

Médico ante todo

“El Negro” Martínez, como también es conocido nuestro invitado, nació en Santa Bárbara del Zulia el 14 de abril de 1924. Fue el tercero de los cuatro hijos del matrimonio entre Trinidad Martínez y Margarita de Martínez. Son sus hermanas –de mayor a menor- María, Oliva y Olga. Sólo Oliva y él están vivos.

En aquella época, relata, Santa Bárbara era muy distinta a como es hoy. Sus únicas formas de contacto con el resto del país eran posibles a través de las piraguas que transitaban sus ríos y el Lago de Maracaibo o del ferrocarril que llegaba a El Vigía.

“Mi infancia fue muy feliz”, dice. “Mis padres me criaron dentro de los parámetros de la moral y las buenas costumbres. El único problema es que no había escuelas cercanas, por lo que tuvieron que enviarme a Maracaibo cuando cumplí seis años”.

Estando en la capital zuliana se mudó a la pensión de una tía y lo examinaron en el colegio Simón Bolívar, que decidió ubicarlo directamente en tercer grado. Luego de hacer su primaria lo enviaron al Liceo Baralt para completar el bachillerato, que para aquel tiempo era de cuatro años. Allí conoció a insignes profesores como Mathías Lossada y Jesús Enrique Lossada; este último le impartía clases de filosofía y, ocasionalmente, álgebra y francés.

Como en esos momentos tenía bastante claro que lo suyo era la Medicina, su padre le ayudó a conseguir cupo en la Universidad de Los Andes. José Trinidad hizo el primer trimestre en Mérida; el resto de la carrera transcurrió en la Universidad Central de Venezuela.

“Mi papá pudo ayudarme económicamente hasta el tercer año. El siguiente fue muy difícil, pero logré salir adelante. Mis habilidades como mecanógrafo me permitieron trabajar para la Organizaciónde Bienestar Estudiantil de la universidad. Tipeaba dos ‘stenciles’ en la mañana y dos más en la tarde, y por cada uno me daban tres reales. También hacía documentos para un abogado amigo mío, en virtud de que tenía buena letra. También hice rifas. Siempre que rifaba una máquina de escribir se la sacaba un maracucho (risas)”.

Sus últimos seis meses como estudiante transcurrieron en la Maternidad ConcepciónPalacios, mientras hacía su tesis. Al término de este período, en 1947, recibió directamente su título de Doctor en Ciencias Médicas.

“Tengo los principios básicos del cristianismo y admiro mucho a Cristo, pues fue un hombre que supo perdonar y que fundó la única religión que perdona, pero debo decir que las religiones desfiguran las mentes. El problema no es el Islam sino sus practicantes; no en vano se dice que las próximas guerras serán religiosas”.

El doctor Martínez dejó de trabajar en aquello que le permitió sobrevivir durante la carrera. Se hizo médico interno del Hospital Vargas, donde le pagaban 150 bolívares mensuales. El mismo sueldo lo devengaba como interno de la Maternidad ConcepciónPalacios. Otros 200 bolívares entraban a su bolsillo laborando para el Seguro Social. “Era plata para aquella época”, admite.

Sin embargo, a pesar de aquel éxito inicial, decidió volver a Maracaibo, donde tampoco le faltó el trabajo. Pudo reencontrarse su familia, que también había decidido abandonar Santa Bárbara. Se hizo profesor de LUZ, jefe del servicio de Ginecología y Obstetricia del Hospital Chiquinquirá y fundador y miembro de número de la Academia de Medicina del estado Zulia, entre otras labores.

Fue al inicio de la década de los ‘50 que conoció a una dama de nombre Alicia Matheus, con quien se casó y concibió a Odessa, Karelia, José Trinidad y Fernando. Entre todos le han dado siete nietos, entre ellos los cantantes José Ignacio Pérez y Miguel Ángel Marín, hijos de Odessa. Por supuesto, el doctor Martínez se ha encargado de todos los nacimientos de la familia, incluyendo el de Natalia, su única bisnieta.

Científico agnóstico

Desde muy joven, nuestro invitado ha manifestado pasión por la ciencia y las innovaciones, y por ello ha procurado tener membresías en sociedades como la Academia de Ciencias del estado de Nueva York y la Asociación Internacional de Fertilidad (IFA, por sus siglas en inglés). Siendo secretario de esta última para América del Sur tuvo la oportunidad de viajar a un congreso en Chile, donde le dieron el primer dispositivo intrauterino que se colocó en Venezuela. Por supuesto, la beneficiaria fue su esposa.

“No profeso ninguna religión, sino el conocimiento científico. El conocimiento es una cosa preciosa. Me mantengo dentro del principio de Bertrand Rusell: la ciencia observa un quehacer, lo estudia, emite a partir de ese estudio una teoría, se encarga de demostrar dicha teoría y de buscar su aceptación en la comunidad científica para que se emita un protocolo. Ese protocolo se somete al tiempo para demostrar si se estaba o no en lo cierto”, explica, no sin antes advertir que no es ateo, no combate religiones y se inscribe dentro de la postura filosófica o personal del agnosticismo.

Vale decir que el agnóstico, de acuerdo con su definición en diccionarios virtuales, es aquel que considera inaccesible para el ser humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende o va más allá de lo experimentado o experimentable.

“Tengo los principios básicos del cristianismo –aclara- y admiro mucho a Cristo, pues fue un hombre que supo perdonar y que fundó la única religión que perdona, pero debo decir que las religiones desfiguran las mentes. El problema no es el Islam sino sus practicantes; no en vano se dice que las próximas guerras serán religiosas”.

“El asunto del genoma es un problema, porque el hombre no quiere morir. Diversos estudios indican que nació para vivir 122 años, pero la genética y el medio ambiente en que se desarrolla lo limitan. ¿Para qué quiere durar tanto?”.

Fernando y José Trinidad junto a su papá.
Fernando y José Trinidad junto a su papá.
José Trinidad y Oliva de Morales, su hermana.
José Trinidad y Oliva de Morales, su hermana.

Celebra, en tal sentido, que desde que se graduó de médico hasta la fecha se haya desarrollado en el mundo más conocimiento que todo el que había hasta esa fecha. Ahora, destaca, el mundo científico se dirige hacia la nanotecnología (control de la materia a partir de átomos y moléculas) y el genoma (la secuencia del ADN).

“El asunto del genoma es un problema, porque el hombre no quiere morir. Diversos estudios indican que nació para vivir 122 años, pero la genética y el medio ambiente en que se desarrolla lo limitan. ¿Para qué quiere durar tanto?”, se cuestiona.

Aprovechando estos interesantes comentarios, le preguntamos si viviría esos 122 años, considerando que acaba de cumplir 85 y se mantiene, aparentemente, en excelente estado físico y mental.

“No creo, imposible”, dice de entrada. “Todos mis parámetros de salud están bien, pero indudablemente, las funciones vitales disminuyen con la edad”.

“¿Cuál es el secreto para mantenerse tan bien?” fue nuestra siguiente pregunta. He aquí su receta: buena alimentación, ejercicios y prevención de enfermedades infecciosas.

Para estar en buena forma física realiza ejercicios en una máquina de spinning una vez al día, entre 45 y 50 minutos continuos. En el pasado practicaba béisbol y natación. “Trotar es morir, caminar es vivir” es su lema.

En cuanto a la alimentación, prefiere comer la mitad de lo que habitualmente se ingiere, “sin ofender al estómago con esas dietas de ácidos grasos saturados”. Disfruta mucho el pollo en diversas presentaciones y las ensaladas; la carne roja la reserva para una ocasión a la semana.

Su dieta la complementa con una serie de antioxidantes, vitaminas y suplementos, como selenio, vitaminas C y E, L Carnitina y L Carnosina, aceite de pescado y resveratrol. Este último es un elemento derivado de las uvas y otros alimentos que prolonga la longevidad de las células gracias a sus propiedades antioxidantes y anticancerígenas.

“Antes de comenzar a tomar el resveratrol, la tensión alta me llegaba a 14 o 15, y ahora se ubica entre 12 o 13. Las arritmias me las quitó el aceite de pescado”.

Estos hábitos le han permitido mantenerse en forma. Al graduarse en 1947 pesaba 72 kilos; desde aquel entonces sólo ha aumentado cinco kilos. La báscula se mantiene allí.

“Mientras tenga salud y conocimiento seguiré ejerciendo mi profesión. Mantengo una buena actitud ante la vida y no tengo complejos. Si vuelvo a nacer, quiero que mi historia sea la misma. No me arrepiento de nada de lo que he hecho. Pero quiero seguir viviendo para seguir enseñando, porque el conocimiento no es potestativo de nadie. Lo que se aprende hay que enseñarlo”, sentencia como decreto de vida.

Esta inigualable trayectoria ha sido reconocida de diversas formas, con el Doctorado Honoris Causa de LUZ, Orden al Mérito Universitario “Dr. Jesús Enrique Lossada”, Orden “Rafael María Baralt” y Botón de la Zulianidad, además de su designación como Maestro de la Escuela Venezolana de Obstetricia y Maestro Latinoamericano de la Ginecología y Obstetricia.

Aficiones

-En su poco tiempo libre, el doctor Martínez se dedica a la lectura de libros de corte médico y científico, especialmente al preparar una ponencia para un congreso nacional o internacional.

-Cuando se aparta del mundo del conocimiento puede vérsele disfrutando un suculento desayuno en Fein Kaffee, un almuerzo en Asaos Grill o una noche de escoceses en Casa Paco. “Cuatro o cinco whiskys. De ahí no más. El vino lo cambié por el resveratrol”, aclara.

-Le encanta viajar. La Habana fue uno de sus destinos favoritos; viajó a ella 37 veces hasta que se instauró el régimen de Fidel Castro.

-Otro de sus lugares turísticos preferidos es Estados Unidos. Siempre procura tener el boleto en mano para no perderse la nueva temporada de los Yankees de Nueva York. Su afición por el béisbol es antigua; además de practicarlo, fue accionista de las Águilas del Zulia.

Publicado en la revista impresa EntreSocios (Edición No.70)

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