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Tito Balza Santaella: “Soy el defensor del español”

Jairo Márquez Lugo · 26 nov 2025

Tito Balza Santaella: “Soy el defensor del español”

Don Tito ha sido profesor en diversas instituciones públicas y privadas de Maracaibo desde hace más de cinco décadas, y autor de 31 publicaciones sobre nuestro castellano y la historia regional. Aunque nació en Guárico y se considera campesino desde sus orígenes, es el único representante de nuestro estado ante la Academia Venezolanade la Lengua. Estehombre cultísimo y poseedor del don de la palabra nos ha abierto las puertas de su casa para la sección En Íntimo, contándonos desde su paso por la resistencia contra Pérez Jiménez y Rómulo Betancourt –que le valió varias veces la cárcel- hasta sus lucha a favor de la salud de su amantísima esposa.

Textos: Jairo Márquez Lugo / Fotos: Eugenio Duarte

En su humilde morada, Tito Balza Santaella se levanta muy temprano todos los días a luchar, cual Quijote, contra los molinos de viento de la barbarie. Y sabe que lo llaman loco, al igual que a la célebre figura literaria, por pregonar normas y costumbres sobre el español que la mayoría ignora o prefiere obviar.

“Casi nada… Mirá quién llegó: el diccionario andante”, le dicen cuando va a la barbería. No le importan esos comentarios. A sus casi 75 años prosigue su exitosa trayectoria como docente y escritor de diversas publicaciones que versan sobre nuestro rico castellano y anécdotas históricas del Zulia.

Don Tito -como nos permitimos llamarle tras un ameno diálogo-, cree que cada hombre y mujer de este planeta es en cierto modo lo que su nombre dice. Y antes que analizar el de otros, prefiere colocar la lupa en los suyos.

“Tito”, explica con su elegante pedagogía, “proviene del latín ‘titus’, que significa ‘el defensor’, y a lo largo de estos años me he convertido en defensor de nuestro idioma. También se vincula con la figura de una paloma, por lo cual soy además defensor de la paz, en paz. ‘Antonio’, mi segundo nombre, viene del griego ‘antos’, que significa ‘floreciente’; ello me invita a florecer siempre, a pensar en el futuro. También se vincula con ‘anti’, que significa ‘contrario’, y ‘onios’, que significa ‘precio’, lo cual quiere decir que no me vendo, no tengo precio. Hay otra connotación: ‘onos’ u ‘onagos’ significa ‘burros’. Mis nombres sintetizan mi misión: soy el defensor del español, quien lucha contra la ignorancia”.

Tito Antonio Balza Santaella es nuestro sexto invitado para la sección “En Íntimo”, y su entrevista viene como anillo al dedo por varias razones: el inicio del período escolar 2009-2010, su próxima desincorporación como presidente de la Academiade Historia del estado Zulia y la publicación de “Mejore su español”, su más reciente libro. Su trayectoria ha sido reconocida con la Orden “Relámpago de Catatumbo” de la Gobernación del Zulia y el Doctorado Honoris Causa de LUZ, entre otras distinciones.

-Suponemos que proviene de una familia culta, donde recibió su formación inicial.

-Soy campesino e hijo de un campesino con segundo grado de primaria. Mi madre era totalmente analfabeta. Yo quise progresar y lo logré. Todos podemos hacerlo; lo que nos falta es voluntad. La mayoría de nosotros somos unos soberanos flojos, y así nadie avanza.

-¿Dónde nació?

-En un caserío llamado Agua Negra, a 60 kilómetros de Zaraza, estado Guárico. Una parturienta me trajo al mundo en el hato El Palmar, propiedad de mi padre. Él se llamaba José Ángel Balza Ramos (de origen vasco), y mi madre Mariana Santaella Machina (de origen italiano). El apellido Balza significa “entre las cuestas”; quienes lo llevamos somos una misma familia y nos saludamos como tal. Los primeros Balza en Venezuela llegaron al principio de la época de la Colonia. Uno se situó en Los Andes, otro en Guárico y otro en el oriente del país. El escritor José Balza y el poeta Camino Balza Donati son algunos de mis parientes.

-Llegó al mundo el 25 de noviembre de 1934. Pronto cumplirá 75 años. ¿Festejará por todo lo alto?

-Ciertamente nací hace ya unos cuantos años y ésta sería una celebración de diamante, pero no pienso organizar nada pues vengo de una familia muy humilde y austera. Nosotros no teníamos las costumbres burguesas de celebrar los cumpleaños, con torta y todo lo demás. Que nadie me pregunte las fechas de nacimiento de mis hermanos. No las recuerdo.

-¿Cuántos son?

-Soy el sexto de siete: Carmen, Ezequiel, Flor, Miguel, Juanita y Benigno. Estos tres últimos ya dejaron de existir. Tengo dos hermanos más por parte de padre.

-¿Qué tal fueron sus primeros años de vida?

-Como los de cualquier otro niño campesino, con la diferencia de que mi padre tenía una gran preocupación por nuestra formación desde el punto de vista cultural. Su dedicación a las tierras le hizo olvidar toda su educación, al extremo de que fue a recibir una herencia en Anzoátegui y no sabía firmar. En el pueblo tenía fama de hombre culto, pero él sabía que no lo era. Gracias a Dios tenía una buena biblioteca y se decidió a retomar los libros. También lo ayudaron sus amistades: fue amigo personal de Lisandro Alvarado (médico, naturalista, historiador, lingüista y etnólogo larense) y del general Isaías Medina Angarita (ex presidente de Venezuela).

-¿De qué manera logró educarse en medio de ese ambiente?

-Mi padre recurría a institutrices hasta que se dio cuenta que el sistema no era efectivo y decidió fundar la “Escuela de los Mamones”, debajo de una mata de mamones que había en el hato. Una vez anunció que el presidente Medina Angarita nos visitaría, y nos reímos de él. Un buen día, el silencio característico del campo fue sustituido por el ruido de un desfile de tanquetas; allí iba Medina Angarita con rumbo hacia Apure. La caravana se detuvo frente a la escuela y vimos emerger de una de las tanquetas a un hombre altísimo y doble. El general nos preguntó por papá y le dejó saludos, no sin antes entregarle un dinerito a la maestra para que nos hiciera una gran piñata y ordenar a uno de sus secretarios convertir a la “Escuela de los Mamones” en la Escuela Federalnúmero 1.324. Allí cursé estudios hasta el tercer grado de primaria con el método Lancaster, es decir, enseñando a quienes venían en cursos inferiores –fueran grandes o pequeños-.

-Luego se mudó a Zaraza, según tengo entendido.

-En efecto. Allí hice del cuarto al sexto grado. Era una maravilla, pues cada curso tenía un maestro para cada área del conocimiento (sociales, matemáticas, ciencias naturales y castellano). No es posible que eso se haya perdido y que ahora se tenga la petulancia de formar maestros integrales; lo considero una necedad. Aquellos señores eran verdaderos especialistas en su materia. Cuando vi llegar al de castellano, Juan Manuel Coa, quedé impresionado. Siempre andaba vestido de blanco, con corbata negra o marrón. Fue por él que decidí ser docente y defensor de la lengua. Antes de eso quise ser un militar al estilo del Libertador Simón Bolívar, inspirado en el libro de historia del hermano Nectario María. Luego me dejé de eso.

-¿Allí se graduó de bachiller?

-Sí. Cursé hasta el cuarto año y luego me mudé a Caracas para estudiar en el Instituto Pedagógico. Tenía 17 años. Me gradué a los 22 de pedagogo y de una vez me vine a Maracaibo.

Llanero entre voseos

En esta etapa de su vida, don Tito pasaba de ser un adolescente al hombre que conocemos hoy. Y pagó caro los desaciertos de su temprana edad, pues viviendo aún en Guárico permaneció seis meses recluido en la cárcel de San Juan de Los Morros. ¿La razón? Pertenecer a una familia adeca y sumarse a la resistencia contra el general Marcos Pérez Jiménez, pronunciando discursos con los cuales hacía gala de su característico don de palabra y facilidades de expresión.

“Estando en la cárcel me dieron dos buenos planazos. Lástima que no fueron más… ¿Quién me manda de idiota? (risas). Al salir pasé por Valle de la Pascua para buscar una constancia médica que justificara mi ausencia en el bachillerato. El doctor anotó que estaba tísico (con tuberculosis pulmonar) y fui hospitalizado durante todo ese tiempo. Sorpresa la mía cuando el profesor de la escuela me dijo que no tenía ni una sola falta y conservaba las notas de siempre. Eso fue gracias a la resistencia contra Pérez Jiménez”, confiesa sesenta años después.

Bueno es que haga referencia a su estadía en la capital antes de pasar al tema de Maracaibo, su tierra adoptiva.

-¿Cómo fue que llegó a Caracas?

-Gracias a un profesor. Fue un impacto deslumbrante para mí pasar del campo a una enorme ciudad y acudir a un gran centro de estudio, donde daban clases catedráticos de la talla de Eduardo Crema, Mariano Picón Salas y Manuel Montaner. Para esa época, mi padre había muerto y mi familia se empobreció. Pasé más hambre que ratón en ferretería (risas).

-¿Se vinculó de nuevo a la política?

-Sí, pero me fui al Partido Comunista de Venezuela (PCV), porque era más organizado que AD. No me inscribí pero sí milité. Haber estado preso era un mérito para luchar contra la dictadura de Pérez Jiménez. Llegué a manejar el multígrafo de la dirección nacional del partido desde una dirección de habitación clandestina, para cuidarme las espaldas. Si me agarraban me cortaban las orejas.

-¿En qué momento surgió la conexión con Maracaibo?

-La señora de la casa donde vivía me entregó varias correspondencias del Ministerio de Educación en las cuales me citaban a su despacho, justo cuando alguien había delatado a todos los del PCV y debíamos huir de Caracas. Me aparecí con miedo en el ministerio y, para sorpresa mía, me estaban buscando para darme un cargo. Pensé que por pertenecer a la resistencia me enviarían a Tucupita. “Lo voy a mandar a una gran ciudad, Maracaibo, y a un gran liceo, el Baralt, cuyo director es paisano suyo”, me dijo el hombre con quien me entrevisté –que no tenía la menor idea de mi pasado, y menos mal-.

-¿Cuándo llegó al Zulia? ¿Qué fue lo primero que le llamó la atención de nuestra tierra?

-En 1957. Lo que más me impactó inicialmente fue el lenguaje de los marabinos. Por fortuna me hice buen amigo de una profesora, Adela Suárez, quien se convirtió en mi traductora. Me asombré cuando una vez le pregunté a una niña por qué no había venido a clases, y ella me respondió: “Profesor, porque tenía a mi abuelito en el medio de la sala…” Adela me hizo entender que se trataba de un velorio. Otro me dijo: “No vine porque mi mamá estaba movida…” Luego entendí que hacía referencia a un parto. Un buen día llegué a la oficina del subdirector reclamándole algo, con mis ínfulas de buen profesor, y me espetó: “Oye chico, amaneciste de huesito…” Alguien me dijo que aludía al mal humor. Así fui comprendiendo todo.

-¿Cómo fue su encuentro con el voseo?

-Era increíble ver una gente cuyo dialecto data del siglo XV, al estilo de la literatura clásica española. El voseo zuliano es un lenguaje fósil, que se quedó fijado en el pasado. Con este ejemplo puede verse que Venezuela es un país absurdo; en otras naciones las aguas unen, y aquí separan. El Orinoco divide al país entre una zona desarrollada y otra abandonada. Y como que el Lago de Maracaibo sirvió más para contemplación que para comunicación, porque en el Zulia se habla muy diferente al resto del país.

En la época de la colonia se voseaba desde Texas hasta la Tierradel Fuego, como signo de distinción entre condes y baronesas; a la gente baja sólo se le permitía tutearse. Inevitablemente, el “vos” se expandió a otros estratos de la población, razón por la cual los españoles lo sustituyeron por “usted”. En el Zulia no se informaron de todo eso y siguieron voseando, y existen vestigios del voseo en Falcón y Los Andes.

Con la llegada de la industria petrolera se institucionalizaron tres formas de relacionarse con otras personas: “vos” para la gente más baja, “tú” para un nivel intermedio y “usted” para un nivel más alto. Por eso cuando las personas se conocen comienza tratándose de “usted”; al entrar en confianza se permiten tutearse; y cuando se echan unos “palitos” comienza el voseo (risas).

-¿Cuánto tiempo trabajó en el liceo Baralt?

-Poco, pues la dictadura de Pérez Jiménez fue sustituida por la de Rómulo Betancourt. Los adecos se dedicaron a perseguir a la gente de izquierda y los comunistas de manera implacable. Yo no era hombre de izquierda pero me asociaban con el PCV. Me pusieron preso 17 veces; a veces me encerraban el viernes por la tarde, luego de dar clases, y me liberaban el domingo en la noche para volver a mi rutina. Lo hacían para molestarme, para obligarme a renunciar a mi trabajo. Y en efecto renuncié. Busqué trabajo en otras instituciones.

-Cuéntenos alguna anécdota sobre sus días en la cárcel, por favor.

-Una vez me pusieron preso saliendo del liceo Jesús Enrique Lossada. Los efectivos de la Digepol (Dirección General de Policía) me montaron en un carro, comenzaron a insultarme y me llevaron a la prefectura de Santa Lucía. “A este hombre hay que fuñirlo”, decían. Como no había celda me encerraron en el baño, con toda la asquerosidad del lugar. Poco tiempo después llegó el prefecto, quien tuvo la amabilidad de sacarme del baño y averiguar quién era yo. Llamó a una colega mía de nombre Margarita Molero de Obrero para pedirle referencias. “Ese es un muchacho muy bueno, buen profesor”, le dijo. Del baño pasé al despacho del prefecto, pues éste me nombró su secretario y me permitió salir cuando quisiera.

-Por aquella época, muchos opositores al gobierno adeco se fueron a luchar a las montañas. ¿Lo invitaron a ser guerrillero?

-Sí. Pantaleón García me convidó en nombre del PCV, apelando a mi perfil de intelectual. No me tentó la oferta, pues en aquel momento ya era un hombre de la vida, la cultura y las letras. “¿No será que te faltan bolas?”, me preguntó Pantaleón, y respondí: “Sí, es posible, pero no voy a ser guerrillero”. Me llamaron traidor. Preferí quedarme tranquilo. Soy muy orgulloso. No me le humillo a nadie. No iba a unirme a una gente cuya consigna era: “Mata un policía cada día”.

-Dicen que en esos tiempos hubo desapariciones forzosas de mucha gente. ¿Algún amigo suyo en la lista?

-El doctor Alberto Lovera no era mi amigo, pero sí un conocido. A él lo lanzaron al mar sujetado a un ancla, desde una avioneta. Algo similar sucedió con Jesús Márquez Finol (apodado “El Motilón”), un antiguo alumno mío; él fue guerrillero y lo tirotearon como a un perro en Caracas, luego de la amnistía decretada durante el primer gobierno de Rafael Caldera.

-Eran tiempos difíciles. ¿Cómo hizo para sobreponerse?

-Mi situación personal se agravó cuando, un buen día, maté sin querer a una muchachita arrollándola con mi carro, cuando venía por Primero de Mayo. Antes de ponerme preso me llevaron a la sede de la Inspectoríade Tránsito, que quedaba en el edificio Las Tejas, por cortesía del Sr. Luis Schloeter. Allí recibí visitas y la solidaridad de muchos de mis alumnos y compañeros del liceo Baralt. En ese momento supe que no me iría jamás de un pueblo tan noble como éste y me sembraría en Maracaibo. Mi abogado me recomendó recluirme en la Cárcelde Sabaneta para poder atender el caso, y lo hice; claro está, la cárcel era muy distinta a lo que es hoy, con gente e instalaciones decentes.

Estando en prisión padecí con mis úlceras gástricas y tuve mucho tiempo para meditar. Allí decidí varias cosas: dejar el Partido Comunista, botar el reloj (para acostumbrarme a llegar tarde, como el resto de los marabinos) y casarme con la primera muchacha bonita que viera al salir. Y me decía: “No importa si no nos llevamos bien. Cualquier cosa me divorcio. No voy a seguir solo”.

-¿Y logró sus propósitos?

-Sí. Por fortuna no duré mucho tiempo en la cárcel pues se comprobó mi inocencia. Como mi situación económica no estaba bien me ofrecieron dictar un curso de libre escolaridad para adultos. Al entrar al salón llegó ella, se sentó frente a mí, cogió la cartera y la puso a un lado. “Esa es la mía”, expresé en mi interior. Una muchacha preciosa.

-¿Quién era ella?

-Fanny Mirabal. Cuando inicié la clase se sentó a su lado un caballero, y sospeché que era su novio pues comenzaron a cuchichear. Me aguanté hasta el receso, y al salir le pregunté por aquel muchacho. “Es mi hermano”, me dijo. “¿No estás casada? ¿No tienes novio? ¡Vamos a casarnos pues! Tres meses después estábamos ante el altar. Fue un ángel caído del cielo, un regalo de Dios, pues ya tenemos 50 años de matrimonio y Fanny ha resultado ser una excelente mujer, una madre ejemplar.

-¿Cuántos hijos tuvieron?

-Cinco. Tito Ángel es director nacional de una conocida cervecería; Fanny Lorena es arquitecta con postgrado en Administración de Empresas; Irene Beatriz es administradora comercial; Isabel es médica cirujana y vive en Estados Unidos; y Ángel Felipe es mercadólogo y dueño de una empresa dedicada al ámbito educativo. Ninguno siguió mis pasos como educador, pero los considero mis soles.

-¿Nietos?

-Diez. Todos me dicen “Oto” por culpa del mayor, pues para él era su “Oto” papá (risas).

Maestro de las letras

Pensando en sus hijos, nietos y el resto de su descendencia, además de los innumerables alumnos que tuvo en instituciones como el Pilar, Sucre, Nazareth, Cervantes, Alemán del Zulia y Andrés Bello, Tito Balza Santaella inició a principios de la década de los ’90 su carrera como escritor en defensa del idioma castellano y nuestra historia, en virtud de que muchos de ellos presentan deficiencias en su formación.

Para aquella época publicó “Barbarismos y Solecismos”, su primer libro, apoyándose en la innovación de las computadoras y guiándose por el axioma español que reza: “Cada maestrillo con su librillo”. “Los maestros son muy perezosos para escribir. Lo ideal es que hagan su propio texto para conducirse en clases; con él se sentirán más cómodos”, señala.

Tras el éxito de esta iniciativa creó la empresa “TBS Asesorías Educativas”, con la cual lanzó al mercado libros y publicaciones como “Mejore su expresión”, “Lengua viva”, “Motivos históricos”, “Análisis del Himno del Zulia”, “Precisiones lexicales”, “El verbo haber”, “Diccionario múltiple del español”, “Motivos literarios”, “Problemas de la acentuación”, “El español en la escuela” y “La computadora y el castellano”, entre otros. Hasta la fecha ha escrito 31 en varias ediciones –algunas agotadas-; el último, “Mejore su español”, ofrece una nueva regla sobre nuestro idioma en cada uno de los 365 días del año.

Uno de sus libros más connotados se denomina “Tu nombre: ¿sabes lo que significa?”. En él vertió 25 años de investigación sobre nueve mil 600 nombres, convirtiéndose en una de las recopilaciones más importantes de Latinoamérica.

“Cuando llegué a Maracaibo”, recuerda, “quedé deslumbrado con los nombres helénicos de sus habitantes, sacados de la cultura griega. Con la influencia petrolera, los niños comenzaron a llamarse ‘William’ o ‘Johnny’. Luego vinieron los nombres compuestos… Una verdadera decepción. Siempre que comienzo un curso suelo regalarle a mis alumnos el significado de sus nombres. Una chica me retó, en tal sentido. ‘¿Cómo te llamas?’, le pregunté. ‘Trumema’, me respondió. Era un nombre compuesto por las palabras ‘Trujillo’ (lugar de nacimiento de su papá), ‘Mérida’ (lugar de nacimiento de su mamá) y ‘Maracaibo’ (su lugar de nacimiento). ¿Cómo iba a saber eso?”, se preguntó consternado.

Recomienda a quienes tendrán hijos consultar su libro para decidirse por un nombre apropiado; de eso, afirma, depende la guarda de los ángeles protectores en momentos difíciles. “Debemos tener una personalidad integral, sólida y firme; parte de ella proviene del nombre”, considera.

Concluimos la entrevista consultándole sobre su retiro de la vida pública, que hará efectivo antes de fin de año. De manera paulatina ha ido separándose de la Sociedad Bolivariana, Asociación de Escritores y Academia Venezolana de la Lengua, entre otras membresías. En octubre entregará la presidencia de la Academia de Historia del estado Zulia. ¿La razón? Su esposa. Dos enfermedades la tienen en cama. Ella amerita toda su atención, y él está dispuesto a dársela. “Ahora me toca ser el enfermero de mi señora. Voy a dejar todo”, expresó con firme voluntad.

Don Tito no es un hombre de clubes ni restaurantes. Ha optado por socializar en otros ambientes. Se declara fanático de un buen escocés, aunque prefiere beber “encapillado”, como dicen. Es católico; solía ir a misa y leer la palabra de Dios en la iglesia a San Judas Tadeo hasta que su esposa cayó en cama. Cree en las ánimas –al igual que su padre-, y afirma haberlas visto durante su juventud, allá en el llano guariqueño.

Publicado en la revista impresa EntreSocios (Edición No. 63)

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