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La educación, un acto de amor para “Nena” Martínez

Elio Tulio Ríos · 25 abr 2026

La educación, un acto de amor para “Nena” Martínez

Este encuentro no inició como entrevista. Empezó en la sala de su casa, con el aroma del café recién colado y la sensación de estar en un lugar donde el tiempo no apura. La conversación, que debía durar una hora, terminó extendiéndose por varias más. En algún punto se sumó Titi Romero, directora de EntreSocios, y lo que estaba pautado como una reunión formal se convirtió en una sobremesa íntima, de esas donde se habla sin reloj y sin guión.

Flor Martínez —“Nena” para todos— habla como dirige: con franqueza y sin adornos innecesarios. Se ríe fácil, recuerda mejor, y cuando menciona a su familia o a sus alumnos, la voz se le suaviza.

Cuesta imaginar que su historia profesional no comenzó en un salón de clases. Su primera elección fue Ciencias Políticas, pero apenas cursó el segundo semestre entendió que aquello no era lo suyo. “No sabía quién era quién”, comenta entre risas. La vida la fue llevando hacia la educación a través de su hermana Mariela, quien tenía un preescolar llamado “El Girasol de Giraluna”, y lo que empezó como un apoyo circunstancial a sus 23 años terminó revelándole una vocación que no sabía que tenía.

A ella no le convencía trabajar sólo con niños pequeños, le gustaba interactuar con los más grandes. Así comenzó a empujar la idea de ampliar el proyecto educativo: primero primaria, grado por grado, y luego bachillerato. “Mi mamá fue quien siempre me impulsó”, recuerda. Esa mezcla de intuición y respaldo familiar terminó construyendo lo que hoy es la Unidad Educativa Doctor Héctor Martínez del Castillo, conocida como El Nogal.

El nombre no es casual: lleva el de su padre, médico ginecólogo, figura central en su vida. Habla de él con respeto y cariño, como si aún le pidiera consejo.

Pero cuando le pregunto quién la inspiró realmente para dedicarse a educar, no duda: la directora del colegio Juan XXIII donde estudió de niña. Aquella mujer que la marcó sin saberlo. La “Tía Blanca” de Olarte —como era conocida— tenía algo distinto. No era solo autoridad, era presencia. Y quizás ahí empezó todo.

Caminar, mirar, escuchar

Mientras el café se enfría y la tarde avanza, Flor describe su rutina en el colegio. No se queda encerrada en la oficina. Camina, observa, detecta cambios mínimos en el ánimo de sus alumnos.

“Uno lo nota. Un niño no puede disimular mucho tiempo”, dice. Para ella, dirigir un colegio es estar presente. Ver quién llega con la cabeza baja, quién dejó de hablar, quién está más irritable de lo normal. En más de una ocasión, esa intuición la ha llevado a intervenir cuando algo no estaba bien fuera de las aulas. No lo cuenta como hazaña, sino como responsabilidad.

En El Nogal estudian niños con distintas formas de aprender, distintos ritmos, distintas historias. El colegio —explica— se ha preparado para acompañar esa diversidad con apoyo psicopedagógico y orientación especializada. No se trata de etiquetas, sino de entender que cada estudiante necesita algo distinto en algún momento de su proceso. “La parte emocional es lo primero”, insiste. Y lo dice convencida.

Una frase que encapsula su filosofía de vida

En la conversación aparece una frase que repite como mantra: “Nadie tiene techo”. Se la dice a sus alumnos, a sus hijos, a ella misma.

Después de casi cuatro décadas en educación, ha vivido crisis económicas, migración masiva, pandemia y duelos familiares dentro de la comunidad escolar. Ha tenido que sostener a padres angustiados y mediar en conflictos donde el ego a veces pesa más que la razón. “Es agotador trabajar con el ego humano”, admite, sin perder el humor. Pero sigue creyendo.

Cuestiona horarios escolares que obligan a niños a salir de casa antes de que amanezca, y defiende jornadas más humanas. Incorporó robótica porque los tiempos lo exigen, pero sin perder de vista que la formación va más allá de cualquier tendencia tecnológica. “Podemos enseñar robótica, idiomas o cualquier materia, pero si no enseñamos a tener criterio, estamos dejando a los muchachos a medias. Lo importante es formar criterio”, afirma.

La casa como centro

La conversación inevitablemente vuelve a su hogar. Habla de sus hijos —un ingeniero y una odontóloga— con el orgullo sereno de quien ya hizo su parte. Ahora es abuela, y eso, confiesa, la ha vuelto más paciente.

Cuando menciona a su esposo Alejandro, la sonrisa es distinta. “Es la piedra angular”, dice. Su apoyo ha sido determinante para mantener el colegio en marcha, incluso en los momentos más complejos del país.

Quizás por eso, mientras cae la tarde y las tazas vacías quedan sobre la mesa, Flor habla del futuro con una fe intacta. Ama Maracaibo. No piensa irse. Cree que la ciudad tiene con qué levantarse.

Antes de despedirnos, repite una vez más su frase: “Nadie tiene techo”. Y en ese instante queda claro que no habla únicamente de sus alumnos. Habla de ella, de su ciudad, de todos.

Publicado en la revista impresa EntreSocios (Edición 178)

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