Tres verdades incómodas sobre aprender a poner límites
Estás en tu casa y suena el celular. Contestas y es alguien pidiéndote hacer algo que no quieres. Por un segundo te entra un poco de ansiedad, te pones a buscar una excusa creíble pero no la encuentras, y terminas diciendo que sí. Luego pasas el resto del día en una conversación interna desgastante, sin saber si estás molesto con la otra persona o contigo mismo.
Si la escena te suena familiar no es porque te falte carácter. Es porque en algún momento de tu vida aprendiste que ser tú mismo y hacer lo que realmente quieres tiene un costo.
Porque la verdad es que para ser quien eres y ser congruente con ello, lo más necesario es aprender a poner límites.
¿Por qué nos cuesta tanto?
autenticidad vs. pertenencia
Según el psiquiatra Gabor Maté, muchos aprendemos desde pequeños que somos queribles sólo cuando hacemos lo que otros aprueban, entonces poco a poco vamos dejando partes de nosotros guardadas. En su libro “El mito de lo normal”, el autor habla sobre cómo nacemos con una necesidad de apego y una necesidad de autenticidad, y que la mayoría terminamos inconscientemente abandonando partes de quiénes somos para complacer a otros y mantener los vínculos, y así poder pertenecer.
Así que cuando intentas decir que no, poner distancia o dejar de hacer algo que haces por miedo al rechazo no es únicamente una conversación incómoda lo que tienes que enfrentar. Estás yendo en contra de una creencia que lleva años instalada en ti: la que dice que pertenecer depende de ceder.
Sin embargo, cuando empiezas a poner límites, la pertenencia deja de depender de ceder, y empieza a construirse desde quién eres.
Tres verdades (no tan bonitas) sobre aprender a poner límites
Hay muchísimo contenido sobre este tema, pero hay tres verdades de las que no se habla tanto:
1. Vas a equivocarte.
Como cualquier habilidad, tiene su curva de aprendizaje.
A veces te pasarás, a veces te quedarás muy corto. Dirás “no” cuando en realidad querías decir un “sí” con condiciones. Pondrás límites de una forma reactiva de la que te arrepentirás después. O cederás cuando no querías, y te quedarás con “cruda de límites” como lo escuché una vez en una entrevista, una resaca por haber permitido que se cruzaran cuando no lo querías.
Lo importante es que esto no significa que lo estás haciendo mal. Excederse o quedarse corto no es una falla del proceso. Eso es el proceso.
Como dice Nedra Glover Tawwab, autora de “Es cuestión de límites”: “no caemos naturalmente en relaciones perfectas, las construimos”. Porque las relaciones que construimos desde la honestidad, aunque tengan sus retos o tarden más en armarse, son las que terminan sosteniéndose de verdad.
¿Qué puedes hacer?
Cuando te equivoques (y va a pasar), intenta no tomar el error como una prueba de que no puedes. Nótalo, ajusta, y continúa. La pregunta útil no es “¿por qué lo hice mal?” sino “¿qué necesitaba yo ahí realmente?”
Pausa y pregúntate:
- Si pudiera volver a ese momento, ¿qué haría diferente para ser más honesto conmigo?
- ¿Qué estaba necesitando realmente en ese momento que no supe expresar?
2. Te dolerá a veces.
Muchas personas tienen la tendencia a ignorar sus propios límites por querer quedar bien, pertenecer o ser incondicionales para los demás.
Si eres un “people pleaser”, si te sientes en rehabilitación de ser un complaciente de la gente, puede pasarte como cuando estás a dieta y ves a alguien comiendo helado: sabes que estás haciendo lo mejor por ti, pero puedes extrañar comerte el helado. Puede que extrañes quedar bien con todos, porque muchas veces “quedar bien” es en el fondo una forma de asegurarnos pertenecer.
Tawwab dice: lo más difícil de poner límites es aceptar que habrá personas a quienes no les va a gustar, no van a entender o no van a estar de acuerdo. Muchas veces, lo que incomoda no es el límite en sí, sino el cambio en la dinámica.
Cuando dejas de decir que sí automáticamente, cuando empiezas a priorizarte, cuando ya no estás disponible de la misma forma, el otro también tiene que reacomodarse, y no todos van a saber cómo hacerlo. Aceptar esto te ayuda a ver que lo que extrañas no es el “sí”, sino la validación que venía con él pero que te estaba alejando de ti.
¿Qué puedes hacer?
Permítete sentir esa incomodidad. Esa incomodidad es el costo de crecer y hacer las cosas diferentes, y también una señal de que estás siendo fiel a algo importante. Recuerda que el objetivo de un límite no es que el otro esté cómodo, sino que tú estés en paz con lo que haces.
Sí, puede que extrañes la comodidad de agradar y quedar bien siempre, y sí, es verdad que poner límites puede cambiar la dinámica en tus relaciones, pero lo que vas ganando a cambio tiene un valor inmenso porque empiezas a vivir en congruencia contigo mismo y construir relaciones donde no tendrás que moldearte para caber.
Pausa y pregúntate:
- ¿Estoy sosteniendo este vínculo desde quién soy hoy o desde quien aprendí a ser para no perderlo?
- Si dejo de adaptarme tanto, ¿qué es lo que realmente me da miedo que pase en esta relación?
3. Mantenerlos puede ser más difícil que ponerlos.
Poner el límite es sólo la primera parte, pero mantenerlo cuando el otro insiste, cuando se molesta, o cuando hace silencio, muchas veces puede ser aún más retador.
Aunque establecer un límite requiere valentía, sostenerlo te va a pedir seguir eligiéndote cada vez que el otro pide que cedas, cada vez que el silencio incomoda o cada vez que la culpa aparece.
Poner el límite es como la cirugía, y mantenerlo es la fase de recuperación. Como en toda recuperación hay días mejores que otros, pero cada vez que lo sostienes harás que se te haga más fácil, hasta que un día deje de ser un esfuerzo y se vuelva parte de tu ser.
¿Qué puedes hacer?
Un límite no siempre va a ser entendido o respetado desde la primera vez, y sostenerlo sin sobre-explicarte es parte del proceso. Recuerda que no tienes que convencer a nadie de que tu límite es válido, únicamente tienes que mantenerlo por ti, y con el tiempo dejarás de abandonarte en los momentos en los que antes sí lo hacías.
Antes de poner un límite, decide internamente hasta dónde estás dispuesto a ceder. Tener eso claro antes de la conversación hace que mantenerlo no dependa de cómo reaccione el otro, sino de lo que ya decidiste tú.
Pausa y pregúntate:
- ¿Estoy a punto de ceder porque es lo que realmente quiero o por incomodidad?
- Si mantengo firme mi límite aquí, ¿qué versión de mí estoy cultivando?
Los “terrible twos”, versión adulta
El proceso de aprender a poner límites me lo imagino mucho como la etapa de los “terrible twos”, los terribles dos años. En esa etapa, el niño empieza a construir su percepción de sí mismo en relación a otros, y lo hace explorando sus límites rechazando, retirándose, insistiendo.
Pareciera que este proceso entonces no desaparece en la adultez, sino que se va refinando y se vuelve más complejo.
Porque puedes entenderlos como teoría, pero en la realidad se aprenden experimentándolos. Por eso seguimos aprendiendo a manejarlos de la misma forma: probando, equivocándonos y ajustando.
Cuando empiezas a elegirte
Poner límites no es un acto de una sola vez, es una práctica, y como toda práctica mejora con la repetición. Al principio se puede sentir raro o incómodo, pero con el tiempo deja de ser algo que “tienes que hacer” y se vuelve parte de cómo te relacionas contigo y con los demás.
No se trata de hacerlo bien a la primera, sino de atreverte a darle espacio a tu “yo” más real. Porque aprender a poner límites, en el fondo, es aprender a tomarte en cuenta, a no perderte y a construir la mejor relación contigo mismo.
Publicado en la revista impresa EntreSocios (Edición 179)
